Fr. Santiago Agrelo vuelve a la provincia tras 12 años de servicio a la Iglesia como arzobispo de Tánger.

El pasado viernes 24 de mayo, fr. Santiago Agrelo ha cesado como arzobispo de Tánger, dos años después de haber presentado la renuncia por cumplir los 75. Queda como administrador diocesano de Tánger el arzobispo de Rabat, el también español Cristóbal López, salesiano.

Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger

Fr. Santiago se despide de sus diocesanos con una carta fraterna y agradecida:

Una memoria personal

“En esta carta quiero dejaros algo así como una memoria personal,una mirada afectuosa al camino que he tenido la dicha y el privilegio de recorrer con vosotros, un pequeño mundo de palabras que os ayuden a guardar en el corazón un recuerdo amable de este hermano menor que fue vuestro obispo durante casi doce años”.

REcuerda los inicios de una vocación que le ha conducido a este ministerio: “Una travesura de niño fue la ocasión de la que se sirvió el Señor para llevarme al Seminario –nosotros lo llamamos Colegio Seráfico– de la Provincia Franciscana de Santiago. Allí los hermanos me enseñaron todo lo que sé, también a buscar al Señor, a amarle; me enseñaron a amar a los pobres, amar a la Iglesia. Luego, en el Pontificio Instituto Litúrgico San Anselmo, de Roma, aprendí veneración por la Palabra de Dios”.

La llamada que lo cambió todo

“Cuando el Papa Benedicto me llamó a este ministerio en Tánger, acepté confiadamente. Lo acepté con una súplica en el corazón al Dios de mi vida: ayúdame, Señor, a amar a tu Iglesia con el amor con que tú la amas, ayúdame a servirte en los pobres, ayúdame a ser fiel a tu santa voluntad”.

Amarrado a su fuerte espiritualidad franciscana, el pastor recuerda así esos días: “En aquel momento me sentí como el patriarca Abrahán, que en la ancianidad había sido llamado a dejar casa y patria, y a ponerse en camino, llevando como único tesoro en el corazón las palabras de la promesa divina. Me sentí como Sara, visitada a la puerta de su tienda por un ángel con un anuncio de hijos, que siempre son para una madre gozos y trabajos. Me sentí turbado y confiado, gozoso y esperanzado, dispuesto a caminar y a cuidar hijos para el Señor. Me sentí profundamente agradecido al Señor, a la Iglesia, al Papa, a quien prometí obediencia y reverencia, y a quien pedí que me ayudase a vivir y morir como hijo en la santa Iglesia”.

Gracias a Francisco

Hoy, en el momento del adiós, se felicita por el hecho de que la promesa se ha cumplido en él: “Ahora, como obispo ya emérito y como hermano menor, quiero expresar obediencia y reverencia, gratitud y cariño al papa Francisco, pues en todo momento de mi servicio en esta Iglesia, como si hubiese sido a él a quien pedí ayuda, me he sentido confortado por su palabra, por el ejemplo de su vida, por su amor a la Iglesia, por su solicitud con los emigrantes, por su amor a los pobres”.

“Hermanos míos muy queridos –añade–: terminado mi servicio como obispo de esta Iglesia, vuelvo gozoso a la obediencia de mis superiores religiosos, vuelvo rico del amor que Dios me tiene, amor del que ha sido sacramento real la caridad que vosotros habéis tenido conmigo, el amor con que habéis dulcificado mi camino durante estos años. Si en el cielo hubiere primeros y últimos puestos, estoy seguro de que todos allí me precederíais, pues habéis derrochado tanto amor con los pobres que, considerada la pobreza del mío, ni siquiera seré digno de desataros las sandalias. Pero seré dichoso, inmensamente dichoso, de vuestra dicha, aunque solo pudiere verla desde lejos y desde abajo”.

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Petición de perdón

“A él y a vosotros –recalca– pido perdón por la atención que no os haya prestado, por cuanto haya perdido de lo que el Señor quiso que os diese, por cuanto no haya sabido amaros. Con vosotros, con los pobres, con la Iglesia, resonarán en mi corazón las palabras del cántico de Nuestra Madre la Virgen María: ‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador’. En verdad, él se ha fijado en su Iglesia, en los pobres y en mí para bendecirnos como jamás hubiese podido soñar. Vosotros habéis sido bendición de Dios sobre mi vida, sois mi alegría y mi corona, y con Cristo os llevo guardados para siempre en el corazón”.

Al final de su misiva, que define como “de agradecimiento más que de despedida”, Agrelo recuerda con mucho cariño a todo “el pueblo marroquí y a las autoridades de este país, que me han acogido durante estos doce años y me han tratado siempre con respeto, con cordialidad, con familiaridad, y me han permitido sentirme uno más en esta tierra bendecida por Dios”.

“El Señor –concluye– os bendiga, hermanos míos muy queridos: el Señor os guarde en su paz, os colme de esperanza y de alegría, os llene de su Espíritu, os mantenga siempre unidos, y a todos nos reúna un día en su casa del cielo”.