Un hombre bueno llamado Antonio

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 El testimonio de un arzobispo de Tánger

Era como si el destino quisiese cumplir su deseo. «El bien se hace y se olvida» decía. La enfermedad, en sus últimos años de vida, le hizo olvidar todo. Las personas que, como yo, lo conocieron y a quienes cambió por completo su vida, sin embargo, lo recuerdan; para siempre.

Yo tenía que enseñarle el idioma del país donde fue arzobispo; él me enseñó a amar a los demás sin esperar nada a cambio. «Vuestra religión es muy difícil para mí», le dije en tono de broma. «Si alguien me da una bofetada, no puedo ofrecerle la otra mejilla. ¡Por lo menos, le doy dos bofetadas!» respondía.

Él sonreía, consciente de que el camino de Cristo es difícil. Pocos pueden entender el significado de una fe que pone al ser humano en el centro del universo. Pocos, incluyendo a los cristianos, especialmente los cristianos, se dan cuenta de lo difícil y agotador que es seguir el camino de Jesús, por mucho que puede parecer muy claro y sencillo. Mi amigo franciscano lo intentaba y lo hacía, con gestos no con palabras.

Un día me pidió que lo acompañase en el coche, un viejo Simca, si no recuerdo mal. Estaba lleno de cosas, ropa, comida, cereales para bebés. Sentado en el asiento de al lado, noté que iba vestido «de civil»: ninguna cruz ni anillo. Nada de alzacuello blanco. Nada que pudiese revelar quién fuese. Condujo por las calles de Tánger y me di cuenta de inmediato que se dirigía hacia Dchar Bendhibane, un suburbio de mala reputación, donde yo nunca antes había estado. La pobreza por todas partes, senderos fangosos y caminos difíciles de cruzar. El padre Antonio —así lo llamaba— continuó con dificultad su camino hasta llegar a una callejuela «olvidada de la mano de Dios», uno de los peores barrios pobres.

Era evidente: no era la primera vez que él venía aquí. Una señora de ochenta años salió de la casa, seguida por toda la familia. Poco después, una sucesión de puertas que se abrían y mucha gente comenzó a acercarse a él. Lo abrazaron, lo saludaron. Yo me separé mirando la escena, estupefacto. Me pregunté cómo se las había arreglado para crear amistades en una área tan peligrosa que ni la policía se atrevía a frecuentar. Él estaba muy tranquilo, yo mucho menos.

La anciana me abordó sonriendo y me preguntó si yo era su traductor. Comprendí por qué me había llevado. Necesitaba a alguien para explicarle todo lo que decían. El padre Antonio se defendía con el árabe hablado en Marruecos, pero no podía mantener una larga conversación.

Con una diligencia casi surrealista, para ese lugar, la gente comenzó a distribuir todo lo que había llevado Antonio, como todos lo llamaban. Había mucha pobreza pero también mucha dignidad. Estaba claro que no sabían quién era. La señora nos invitó a su «casa». Té verde y rghayef, una especie de crêpe de Marruecos, pesado y lleno de aceite, que le gustaba al arzobispo. Se hablaba de esto y lo otro y yo traducía cuando era necesario. En ningún momento se habló de religión. Éramos en ese momento sólo mujeres, hombres y niños. Seres humanos, sin otros adjetivos. Era bonito.

Espero que el padre Antonio me perdone, desde el más allá, por haber contado este episodio de su vida. No quería que nadie lo supiera. Que los acontecimientos de los últimos tiempos —los inmigrantes, los refugiados, lo muros, el racismo, el fanatismo— sirvan como atenuantes para justificar mi testimonio, «no autorizado» por una persona que ya no está entre nosotros. Hombres como el antiguo arzobispo de Tánger nos dan una lección de vida y nos enseñan cómo interpretar las palabras de Jesús.

Yo, que soy de cultura musulmana, aprendí del padre Antonio Peteiro que las religiones, si no sirven para acercarse a los seres humanos, son inútiles. Es gracias a él y a la gente como él, que aprendí a no confundir religiosidad con espiritualidad. Aprendí sobre todo, que la fe nunca puede convertirse en una ideología, si no se quiere que desaparezca su sentido más humano y más profundo.

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El padre Peteiro deja Santiago para ser arzobispo de Tánger: «Procurarei seguir a ser un franciscano. Iría máis contento como frade que con esta responsabilidade nova»