San Francisco el Grande de Madrid

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Cuenta la tradición que San Francisco de Asís, en su viaje por España queriendo llegar hasta el califa almohade de Sevilla, pasó por Madrid. Y en 1217 se construyó en este lugar y por petición suya, una ermita dedicada a la Virgen, junto a una fuente milagrosa.

En el siglo XIV se amplió dedicándose a la advocación de San Francisco de Asís por devoción popular. Este mismo templo de estilo gótico fue el que terminó conociéndose como “El Grande” debido a las donaciones de las familias madrileñas para fundar capillas y ser enterradas en ellas cuando Madrid se convirtió, por decisión de Felipe II, en la capital del reino.

A partir de entonces el templo empezó a crecer en importancia y riqueza y a lo largo de todos estos años aparte de ser convento, también ha sido hospital, polvorín, almacén de objetos religiosos, museo, y durante el periodo de la Primera República, Panteón de Hombres Ilustres en el que descansaron los restos de Francisco Quevedo, Garcilaso de la Vega, Pedro Calderón de la Barca, Juan de Villanueva, Ventura Rodríguez, Gonzalo Fernández de Córdoba, entre otros muchos.

Tras 29 años de trabajo, la última restauración concluyó en 2001, fortaleciendo la estructura de la cúpula y recuperando la grandiosidad de este templo que atesora un importante testimonio de la historia de España.

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La construcción de la basílica

Fue a mediados del siglo XVIII cuando sobre el gran solar de los franciscanos se decidió planificar una gran basílica, de estilo neoclásico, a partir de un diseño del franciscano Francisco Cabezas, que continuó Antonio Plo y concluyó Francisco Sabatini, ya en tiempos del rey Carlos III, quien asistía a la misa de inauguración un 6 de diciembre de 1784.

Su espacio interior se desarrolla en torno a una planta central y circular coronada por una extraordinaria cúpula, que a su vez está rodeada por otras seis capillas circulares redondas también coronadas por pequeños domos, y todo ello presidido por un vestíbulo y cerrada por un ábside.

La rotonda central sobre la se levanta la cúpula es todo un espectáculo, pues como bien hemos dicho anteriormente la cúpula de San Francisco el Grande, es la tercera en mayor diámetro de las iglesias cristianas de planta circular, y la más grande de España, con sus 33 metros de diámetro y 72 de altura.

Su fachada principal configurada de forma convexa para adaptarse a la planta recibe al visitante con un primer cuerpo formado por tres arcos de medio punto apoyados en pilastras de orden dórico, combinado con el jónico en el segundo cuerpo en el que aparecen tres ventanales adintelados.

Centrando la portada, un frontón clasicista triangular con la cruz de Jerusalén, el escudo de San Francisco y La Corona real acompañado de seis estatuas de santos entre las que se encuentra San Francisco esculpidas en Londres allá por el año 1883.

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Tesoros ocultos

La decoración interior de la basílica se realizó en un eclecticismo lujoso a lo largo del siglo XIX, y en ella intervinieron numerosos artistas españoles de renombre tales como José Casado del Alisal, Salvador Martínez Cubells, José Moreno Carbonero, Carlos Luis de Ribera y Fieve, Casto Plasencia, Alejandro Ferrant, Manuel Ramírez Ibáñez, y escultores de la talla de Mariano Benlliure, Jerónimo Suñol, Juan Samsó, Ricardo Bellver y Antonio Moltó.

Desde aquí les aconsejamos hacer la visita con alguno de sus guías, ya de que, de su mano, por muy breve que os parezca se aprovecha mejor la historia de esta joya artística. Allí se les ofrecerá un recorrido no solo por la espectacular arquitectura del templo, sino por las diferentes obras de Goya, Alonso Cano, Zurbarán, González Velázquez, además de los ya citados, y por las múltiples curiosidades de las piezas decorativas realizadas por algunos de los mejores artistas del siglo.

En 1881, el por entonces presidente del gobierno, Antonio Cánovas del Castillo, con la idea de hacer de San Francisco el monumento artístico que es en la actualidad realizó numerosos encargos para su embellecimiento, y de ahí proceden las 19 campanas que elaboraron los  londinenses de Warner & sons, todas las esculturas de la fachada principal, las vidrieras de la cúpula que se hicieron en la casa Mayer de Múnich, los altares de la capilla, las verjas, y las bellísimas puertas con relieve del pórtico.

Y a pesar de que se puedan encontrar elementos ornamentales que proceden de las construcciones anteriores, como los mosaicos del siglo XV que se encuentran en una de las capillas, nunca olviden que fue precisamente aquella voluntad de Cánovas la que hizo que la Basílica se convirtiese en un extraordinario museo en pleno siglo XIX.

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