CONGRESO CONTINENTAL PARA FORMADORES OFM ACOMPAÑAMIENTO EN LA VIDA FRATERNA. Conclusiones finales.

No se les nota a las fraternidades que hacen formación permanente, pero cómo se les nota a aquéllas que no la hacen. (J.M. Arregi)

Apoyo a la vida espiritual

La belleza de nuestra vocación franciscana se confronta hoy con la existencia del hombre contemporáneo, caracterizada por una profunda fragmentación que incluso a él mismo le cuesta reconducir hacia la unidad dentro de un sentido común. Dicha fragmentación difusa afecta también a nuestra vida como frailes menores, en la que nosotros mismos nos encontramos divididos por tantos compromisos de la vida pastoral, por las múltiples funciones que hemos de asumir, por las muchas tareas que hemos de desarrollar y por los diversos programas que llevar a cabo.

La Formación Permanente afronta el desafío de una vida ordinaria fragmentada acompañando al hermano a encontrar el “centro unitario vital”, en la relación con Cristo, a través de la vida sacramental y la lectura orante de la Palabra vividas en fraternidad, y en las intuiciones evangélicas franciscanas de la fraternidad y la minoridad en medio de la sociedad; que se extiendan a lo largo de toda la existencia. De este modo, la Formación Permanente puede actuar en nuestra vida ordinaria y presentarse como una introducción a la vida espiritual.

  1. Formación Permanente como cuidado de la vida ordinaria

La vida cotidiana y ordinaria de nuestras fraternidades tiene una fuerza formativa intrínseca que es necesario redescubrir, recuperar y cuidar en toda su calidad. La Formación Permanente, incluso antes que en los encuentros formativos extraordinarios, se expresa en el cuidado de la calidad de la vida y de nuestras relaciones fraternas.

Los instrumentos ordinarios de nuestra vida en fraternidad (eucaristía y oración cotidiana, capítulo local, retiro mensual, eucaristía y oración cotidianas, proyecto de vida fraterna, etc.) tienen necesidad de ser revalorizados y vividos con creatividad nueva. Se trata de recuperar con una conciencia nueva lo que ya se hace y poner orden y disciplina en nuestra vida para poder crecer en libertad.

La vida fraterna cotidiana, por tanto, se convierte en el laboratorio donde poder elaborar las muchas ideas y experiencias que aporta la Formación Permanente extraordinaria, siempre necesaria. Con este objetivo, en la comunicación y en el compartir de la vida, es útil utilizar la modalidad del estilo narrativo, la “autonarración”.

  1. Formación Permanente como acompañamiento comunitario

El nombre franciscano de la Formación es “acompañamiento”. De hecho, la vida en fraternidad es la forma ordinaria de este acompañamiento; dentro de ella, todos nos sentimos acompañados y acompañantes, en una relación de mutua reciprocidad.

Este acompañamiento “coral” se expresa en la colaboración entre el Guardián y el Vicario, en la promoción de acciones comunitarias que eduquen en la reciprocidad, en el compartir criterios de elección y en la creación de equipos de formadores.

La modalidad ordinaria del acompañamiento fraterno se da mediante la vida, la presencia, la cercanía de cada hermano y el testimonio de su vida entregada al Señor.

  1. La formación de los Guardianes

Todos reconocemos el papel fundamental y determinante del Guardián a la hora de acompañar a los frailes en el proceso de Formación Permanente en la vida ordinaria.

El Guardián está llamado a asumir su servicio con todo su ser; no es suficiente que “soporte” asumirlo, o que lo viva sólo por obediencia debida. La obediencia debe ser asumida por la persona y convertirse en propia voluntad.

En el desarrollo de su servicio, es muy importante que el Guardián goce de una autoridad moral, unida a una justa capacidad de decisión.

La tarea del Guardián es la de acompañar a la fraternidad desde un punto de vista humano y también espiritual.

En su dedicación a la construcción de una fraternidad centrada en Cristo y en la vida evangélica, el Guardián deber formarse para la escucha empática, para asumir una actitud de humildad y coraje, para adquirir competencia relacional y de gestión de las relaciones en la vida fraterna (gestión de conflictos, crisis humanas y espirituales de los hermanos, el diálogo abierto y franco), y para aprender a crear un ambiente fraterno, cálido y sano.

Sugerencias prácticas para la formación de Guardianes

A nivel de Conferencia y de Provincia, ofrézcanse programas anuales de formación para Guardianes. Dichos programas de formación se propongan ayudar al Guardián a:

  1. gestionar el capítulo y los encuentros fraternos.
  2. gestionar el proceso de elaboración y evaluación del Proyecto de Vida Fraterna
  3. acompañar los procesos del crecimiento humano y espiritual de los hermanos, también cuando tales procesos se manifiestan en las crisis.

Para facilitar la tarea formativa de los Guardianes, los Ministros Provinciales con sus Definitorios, procuren no asignar al Guardián demasiadas tareas que lo llevarían a alejarse con frecuencia de la fraternidad y no poder estar cercano a los frailes.

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  1. El Cuidado Pastoral de las Vocaciones: la vida como vocación

Toda nuestra vida y la pastoral de la Iglesia son intrínsecamente vocacionales. Sin embargo, experimentamos la dificultad de entrar en esta perspectiva; de hecho, frecuentemente se delega la dimensión vocacional en los animadores y en los responsables de la Provincia, de los que se espera que traigan nuevos candidatos. Sin embargo, toda fraternidad está llamada a ser lugar abierto que acoge y favorece la calidad de la vida interior. En ella se puede dar voz a la inquietud y a la nostalgia del sentido auténtico de la vida, y escuchar la voz y la Palabra del Dios que siempre nos llama, y que da forma y estructura nuestra existencia.

Tal escucha nos pone en camino, haciendo de la vida una peregrinación que, aun adquiriendo formas concretas y estables como la vida consagrada, el sacerdocio o el matrimonio, las sobrepasa, en la escucha de Aquel que llama durante toda la vida.

La Formación permanente de cada Entidad favorezca la toma de conciencia por parte de cada hermano de que él es responsable del anuncio de la “vida como vocación”, contribuyendo así a crear entre los frailes una “cultura vocacional”.

La compasión por “la muchedumbre […] que estaba como ovejas que no tienen pastor”, nos mueva hacia la oración para que “el dueño de la mies envíe obreros a su mies” (cf. Mt 9, 36-38).