Caminando con los Jóvenes. Carta por la Fiesta de san Francisco 2018

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Queridos hermanos, ¡el Señor les dé la paz¡

La Solemnidad de nuestro Seráfico Padre san Francisco de Asís este año coincide felizmente con el comienzo del Sínodo de los Obispos convocado por el Papa Francisco, cuyo tema es: Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional. Se trata de un momento en que la juventud se encuentra en el centro del corazón del Papa lo mismo que en el de toda la Iglesia.

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Si miramos el modo como nuestro Seráfico Padre vivió su juventud, sus inquietudes y su búsqueda, percibimos una profunda conexión entre aquel joven de hace 800 años y los jóvenes de hoy, dado que el fondo sagrado del corazón humano sigue siendo el mismo. El modo como san Francisco supo responder a los desafíos de su tiempo puede iluminar también la búsqueda de los jóvenes de hoy, y puede asimismo representar “una invitación a buscar nuevos caminos y a recorrerlos con audacia y confianza, teniendo fija la mirada en Jesús y abriéndose al Espíritu Santo para rejuvenecer el rostro mismo de la Iglesia” (Instrumentum laboris, Sínodo de los Jóvenes, 1) en este cambio de época.

De esta manera, teniendo  presentes las dinámicas vividas por los discípulos de Emaús, queremos descubrir, junto con los jóvenes, la presencia de Cristo que camina a nuestro lado, que nos hace superar el desaliento, que nos ayuda a releer nuestra historia, nos hace arder el corazón y nos transforma en anunciadores de su Buena Noticia.

 

I. Mientras conversaban y discutían entre sí, Jesús en persona se acercó y caminaba con ellos (Lc 24,15).

Después de la Pasión y muerte de Jesús, los discípulos de Emaús con expresión abatida y el alma herida tomaron el camino de regreso a sus propias realidades. Durante este trayecto, sin que se dieran cuenta, el mismo Jesús se puso en medio de ellos y los acompañó, escuchándolos en forma atenta y silenciosa.

Así como para los discípulos de Emaús, a lo largo de su recorrido existencial es donde nuestros jóvenes discuten, maduran, reflexionan y comparten sus principales experiencias. Se trata de “un tiempo de experimentación, de altibajos, de alternancia entre esperanza y temor y de necesaria tensión entre aspectos positivos y negativos, a través de los cuales se aprende a articular e integrar las dimensiones afectivas, sexuales, intelectuales, espirituales, corporales, relacionales, sociales” (IL 18). En este dinamismo típico de la juventud, se experimentan y se viven muchas realidades sin muchas posibilidades de reflexión y de profundización.

El Consejo Plenario de la Orden (CPO 2018), celebrado poco ha en Nairobi, Kenia, concluyó que “escuchar a los jóvenes y caminar con ellos exige un esfuerzo personal, fraterno y estructural para recorrer sus mismos caminos, comprender sus dramas, conocer sus realidades, compartir sus conquistas y ser presencia amiga y sincera en su cotidianidad”. Por lo tanto, es necesario adecuar nuestros pasos a los de ellos y mantener el mismo ritmo, siguiendo el ejemplo de Jesús, que humildemente camina al lado de sus discípulos. Aunque hoy la tecnología nos ofrece una ayuda muy valiosa para acortar las distancias geográficas, para “recorrer los mismos caminos” es indispensable el esfuerzo de estar codo a codo con los jóvenes, participar de los mismos espacios físicos, compartir sus deseos, sin despojarlos del papel que les es característico. Así como san Francisco encontraba caminos para hacerse cercano de aquellos que le eran caros, como atestigua su Carta a Fray León, también nosotros los hermanos debemos mostrar con nuestra actitud que si los jóvenes “necesitan y desean venir a nosotros, pueden hacerlo”.

Además de caminar a su lado, es necesario aprender a escucharlos. Hoy en día ya no bastan sólo documentos, escritos o declaraciones formales por parte nuestra o de la jerarquía eclesiástica,  sino que es necesario ser capaces de dejar que cuenten su propia verdad y dirijan su propia historia. Antes de hablar, de querer señalar el camino y de dar rápidas respuestas es necesario tener la paciencia del Maestro que sabe interrogar y escuchar: “¿Qué conversación es esa que ustedes tienen por el camino?” (Lc 24,17). Tal escucha nace de la certeza de que el joven también es expresión de la voz de Dios, por tanto es necesario comprenderlo como lugar teológico y teofánico, ya que, a fin de llevar a cabo una verdadera evangelización es importante entrar en contacto con lo “divino” de la juventud y captar su psicología, biología, sociología y antropología con la mirada de la ciencia de Dios.

Del mismo modo como Francisco aceptaba consejos, amonestaciones, correcciones e inspiraciones de sus hermanos y hermanas, también nosotros podemos tener la capacidad de dejarnos interrogar, poner en discusión y sacudir en forma teórica y estructural, por los jóvenes que están cerca de nosotros, resistiendo a la tentación de tener siempre la última palabra.

 

II. Y, comenzando por Moisés y todos los profetas, les explicó en todas las Escrituras lo que se refería a él (Lc 24,27)

Después de haber escuchado las angustias y el modo como los discípulos estaban afrontando los recientes acontecimientos de su Pasión y Muerte, el mismo Jesús comienza a ayudarles a interpretar la realidad a la luz de la Palabra de Dios.

En este sentido nuestro carisma franciscano tiene mucho qué decir a los jóvenes. En su búsqueda desean y esperan de nuestro comportamiento y de nuestras palabras que seamos para ellos un punto de referencia, un signo y una fuente de interpretación de todo lo que sucede a su alrededor, ya que es necesario dar un sentido a sus inquietudes.

Si algunos analistas hablan de una “metamorfosis de la condición humana que plantea a todos enromes retos en el camino de construcción de una identidad sólida, nuestros jóvenes, centinelas y sismógrafos de toda época las reconocen más que los demás como fuente de nuevas oportunidades y de inéditas amenazas” (IL 51). Son interrogantes políticos, religiosos, morales, sociales y existenciales que les atañen directamente, frente a los cuales tenemos una interpretación para ofrecer a partir de nuestro carisma.  Se trata del segundo paso con que nosotros como hermanos menores podemos ayudarles a comprender los últimos acontecimientos, tanto personales como comunitarios. Así, más que el solo “gloriarse de saber y explicar la Sagrada Escritura a los demás” (Adm 7), nuestro empeño debe ser por un testimonio de vida coherente y elocuente. Así como Francisco de Asís que no era un teórico de la vida espiritual, dado que hablaba de Dios en términos de experiencia, estamos llamados a hacer de nuestra vida un verdadero Evangelio para nuestros jóvenes, como expresión de fidelidad a nuestra vocación. Nuestros votos, nuestro testimonio, nuestro compromiso personal, nuestro modo de vivir y de afrontar las diversas situaciones son el camino mediante el cual los jóvenes van descubriendo un modo de reinterpretar los signos de los tiempos.


III. Quédate con nosotros, Señor. (…) ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino? (Lc 24,29.32)

Después de un largo camino recorrido juntos, al caer de la noche, los discípulos de Emaús piden a Jesús que se quede a su lado. Durante esta permanencia se dio el compartir, nació la amistad y se inflamó el corazón.

Frente a un mundo lleno de tantas posibilidades, es necesario que nosotros los hermanos creamos nuevamente en la fuerza profética y en la actualidad de nuestra vocación. Para muchos jóvenes de hoy la vida religiosa franciscana es sinónimo de un corazón ardiente. “En la medida en que creamos en nosotros mismos y que compartamos nuestra riqueza carismática con los jóvenes, ciertamente nacerá en su corazón el deseo de que no los abandonemos, que permanezcamos con ellos.” (CPO, 2018).

Frente al individualismo y a la indiferencia, los jóvenes esperan de nosotros un testimonio que sea “profecía de fraternidad, una casa capaz de convertirse en familia suya” (IL 72). Ante una “cultura inspirada en individualismo, consumismo, materialismo y hedonismo, en que dominan las apariencias” (IL 8), podemos ofrecer un verdadero testimonio con nuestro modo de ser sencillo y sobrio, en que “cuanto vale el hombre ante Dios, tanto vale y no más” (Adm 19). Para una juventud que enfrenta tantas situaciones de muerte, de violencia, de guerra y de marginación, nuestro comportamiento “apacible, pacífico, mesurado, manso y humilde de ir por el mundo” (Rb 3,11) servirá como brújula para señalarles el verdadero camino de la paz. Para una juventud que no teme los retos ni las propuestas audaces y radicales, nuestra vida religiosa vivida con entusiasmo y pasión puede ofrecer una respuesta actual y relevante. Frente a una sociedad cada vez más secularizada y que prescinde de Dios en la vida y en las opciones, nuestros jóvenes tienen sed de estar junto a personas que viven por la fe, de hermanos que “no desean otra cosa, no quieren otra cosa, no les agrada y deleita otra cosa sino el Creador y Redentor y Salvador nuestro, el solo verdadero Dios” (Rnb 23,9). En un mundo que vive en la relativización de los valores, donde todo es pasajero y fugaz, nuestra perpetua opción de vida es una verdadera llamada a inflamar el corazón de nuestros jóvenes.

Sabemos también que en algunos países nuestra Orden enfrenta una notable disminución vocacional. Son innumerables y diversos los motivos. Sin embargo el deseo de recorrer el camino religioso y sacerdotal no nace de simple proselitismo, donde el objetivo es el mantenimiento de las instituciones. Cuando nosotros, los hermanos menores, permanecemos vigilantes en nuestra vocación de “observar fielmente el Santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo” (Rb 1,1), evangelizando sobre todo con las buenas obras (Rnb 17,3), los jóvenes perciben en nosotros la presencia misma de Cristo que muchos pudieron sentir en Francisco, de manera que se podrán hacer florecer santas vocaciones. Mostrar y alentar con el ejemplo a estos jóvenes a hacer con la identidad y el dinamismo de la juventud, la misma experiencia evangélica que nuestro Seráfico Padre nos pide, significa encender en sus corazones una llamada ardiente que podrá desembocar en una nueva primavera vocacional.

Finalmente, toda esta dinámica de ardor en el corazón de los jóvenes involucra grandemente. No son solamente ellos los que sienten la presencia del Resucitado, sino también nosotros, si tenemos la audacia y el valor de detenernos y de compartir el pan de su vida, experimentamos en qué medida podemos renovarnos y redescubrir aquel entusiasmo inicial tan característico de la juventud. Para nosotros, los hermanos menores, Jesús se manifiesta también en el joven, de modo que a nuestra vez pidamos que Él permanezca con nosotros.


IV. Y ellos contaban lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan (Lc 24,35)

El Evangelio nos dice que después de que los ojos de los discípulos se abrieron, Jesús desapareció de su vista. Ciertamente los discípulos descubrieron que ahora, más aún que tener a Jesús delante de ellos, lo tenían dentro de sí mismos, ya que lo reconocieron dentro de sí.

Concluyendo la propuesta de Emaús, comprendemos que también los jóvenes y cuantos aceptan nuestra vocación, a partir del momento en que hacen la experiencia del encuentro personal con Jesús, se hacen discípulos y testigos del Resucitado, asumiendo así su propio papel en la evangelización y en la vocación. Nuestra presencia en medio de los jóvenes debe ser de animación, a fin de ayudarles a recorrer el camino de su propia autonomía, madurez y realización.

Cuando creemos en los jóvenes, cuando acogemos los sueños y los ideales de cuantos entre ellos tienen nuestra vocación, poco a poco los haremos protagonistas de su propio camino. Abandonemos eventuales modelos formativos infantilizadores y de dependencia y dejémoslos ser realmente adultos en la fe, en las opciones, como también en las consecuencias que éstas conllevan.

A nosotros, los hermanos, nos corresponde la capacidad de dejarlos partir, de vencer la tentación de tener siempre el control, de ser siempre necesarios, de dejarlos asumir su propio papel en la Iglesia, así como su propia vocación y su propio crecimiento. Se trata por tanto de la coronación de un proceso que realmente les ha permitido el encuentro personal con Jesús, a partir de la espiritualidad franciscana que los ha hecho maduros en la fe y prontos a hacerse cargo de su propia historia y vocación.

Y como Cristo se hace presente a través de los que parten el pan y viven su propuesta evangélica, que también nosotros, los hermanos menores podamos ser presencia de Francisco en este tiempo mostrando a los jóvenes el rostro de Cristo que camina con toda la creación.

Además, en este momento histórico la Orden, como parte de la Iglesia, reconoce que algunos de sus miembros, al igual que otros religiosos, religiosas y sacerdotes, con sus acciones han fallado a los ideales que presenta esta carta y han hecho grave daño a algunos jóvenes, traicionando su confianza. Todo esto es para nosotros ante todo fuente de dolor, además de ser motivo de vergüenza, e invita a hacer todo lo posible para llevar a cabo y reforzar políticas y decisiones con que se garantice que todos los jóvenes sean salvaguardados y respetados.

Que la Solemnidad de nuestro Padre san Francisco, que como joven supo acoger la novedad evangélica que el Señor les inspiraba, renueve nuestra decisión “afectiva y efectiva” (Santo Domingo, 114) por los jóvenes y que, junto a ellos, podamos discernir los signos de renovación que el Espíritu está suscitando en nuestra Iglesia y en nuestra Orden.

Buena Fiesta de san Francisco.

¡Paz y Bien!

Roma, 29 de septiembre de 2018