“En las iglesias española e italiana hay un pecado original de connivencia con el poder”

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Entrevista de Jorge Martínez Lucena

Tánger es una de las puntas de lanza del continente africano. Una franja fronteriza en el Magreb marroquí en la que laten las esperanzas de muchos, propios y extraños. Multitud de subsaharianos malviven en barrios marginales, en ruinas abandonadas, en bosques no muy lejanos. Sueñan con pasar, con su momento BOZA.

En el centro hay pobres pidiendo. No son invisibles, como en nuestras ciudades, sino que desbordan el cuadro. Familias enteras de enfermos tumbadas a los pies del transeúnte. Una mujer calva. Una soriasis que parece albinismo. Muñones y bocas desdentadas. Niños sucios y harapientos que acechan mientras comes. Tumores que multiplican el cráneo por dos. Bultos que crecen, porque ahí no se curan.

Té con menta. Paradisíacas vistas al horizonte oceánico. Acantilados azotados por el viento. El palacio del rey. Las sinuosas calles de la Medina. Los efluvios del hashish. La seguridad turística garantizada por la ubicuidad de las patrullas: amigables tríos de policías y soldados bien armados.

En el cruce de la Rue de San Francisco con la Rue de Hassan II, entre mezquitas y minaretes, se alza la modernista Catedral española, sede de la Archidiócesis de Tánger. Allí recibe su titular: el hermano menor –así se hace llamar- Santiago Agrelo (1942).

Ya ha renunciado a su cargo por edad, pero sigue ejerciendo, a la espera de un substituto. Es un hombre menudo, con mucho pelo, cano y bien peinado. Viste el saco franciscano. Escucha mucho y habla pausado. Tiene una apariencia inofensiva y jovial, y guarda un marcado acento gallego, de Rianxo. Le seguimos por escaleras y claustros hasta su despacho, con una decoración de una modernidad occidental, algo que destaca respecto a sus pétreos alrededores.

Agrelo es periférico. Está fuera de la península, fuera de España, fuera de la conferencia episcopal española. Ve con cierta distancia a su iglesia católica española. Son conocidas sus críticas tanto a la COPE como a 13TV. Es quizás por eso que preguntarle tiene algo de oracular. Para entrar en materia, le pedimos que se biografíe:

– “Soy franciscano por casualidad. Entré en el convento a los 11 años.Creyeron conveniente meterme en un lugar donde estuviese controlado. Creo que la expresión fue: “a este niño hay que encerrarlo”. Fui el primero de 7 hermanos y antes de que naciese mi hermana, la que me sigue, me ‘destinaron a’ casa de mis abuelos. Mis padres me llevaron allí porque yo tenía el sueño cambiado y ellos tenían que trabajar. Esa fue la explicación que me dieron cuando la pedí. Hay muchos que se consideran a sí mismos buenos cristianos porque simplemente sacan la espada cuando se cuestiona algún punto del dogma. Ese mundo tiene que desaparecer, pero va a costar mucho

¿Por qué en la iglesia hay tanta resistencia a Francisco, al Papa, y a su llamamiento a asomarse a las periferias y a vivir con los pobres?

Ese es un problema muy serio que tenemos planteado y que tardará muchos años en cambiar.La razón es una mala comprensión de lo esencial de la fe. Hasta ahora se ha puesto todo el acento en la verdad, como si esta fuese un conjunto de enunciados que hay que admitir, respetar y defender. Hay muchos que se consideran a sí mismos buenos cristianos porque simplemente sacan la espada cuando se cuestiona algún punto del dogma. Ese mundo tiene que desaparecer, pero va a costar mucho, porque la ortodoxia funciona como justificación de la propia vida. Pero va a ser que no. Lo que justifica la vida es ocuparse del Señor y de sus sufrimientos

¿Qué debería hacer la iglesia para superar esa tendencia?

Lo único que desarbola la verdad teórica y abstracta es la presencia de Cristo en el pobre. Mira que hemos gastado tinta, energía y sangre en defender formulaciones mientras teníamos al pobre al lado. El pobre te pone delante de los ojos a Cristo. No tienes que pasar a través de ninguna suma teológica.

¿Y qué hay que hacer con los pobres?

El mismo pobre te dice lo que tienes que hacer con él. Tienes que respetarlo, tienes que promoverlo, tienes que ayudarlo a salir de su pobreza. La realidad es injusta y cruel con ellos. Por eso hay que intentar transformar esa realidad. El pobre nos salva de esa obsesión por la verdad que no sirve para nada, y de muchas otras cosas también muy peligrosas, relacionadas con nuestros sentimientos y nuestras pasiones.

¿Olvidar al pobre, a los más necesitados, supone entonces un alejamiento de las propias creencias de la iglesia?

Si no me acerco a los pobres traicionaré el evangelio, porque me crearé mi mundo, en el que muy probablemente me sentiré bien y profundamente consolado. Pero habrá algo que se nos habrá escapado y es que Jesús es un peleón por las prostitutas, los leprosos, los publicanos y toda la música celestial. Cristo atiende a los pobres y es atendido en los pobres. Los cristianos no separan estas dos cosas. Lamentablemente la predicación las olvida. Cuando digo esto, la gente me escribe quejándose. Yo les contesto que no lo digo yo, que lo dice Jesús en el capítulo 4 de Lucas.

Una posible contramedida ante ese llamamiento a centrarse es afirmar que todos, en cierto sentido, somos pobres. ¿Lo somos? ¿Todos por igual?

En cierto modo sí y en cierto modo no. Decir que todos somos pobres se puede convertir en una justificación para no ocuparnos de los que tienen hambre. Es absurdo predicarle el evangelio al rico Epulón. Lo tiene todo. Banquetea todos los días. Le parece que no necesita al mendigo Lázaro ni a Cristo. No hará caso ni de Lázaro ni de Cristo. No echará en falta nada, porque ya lo tiene todo. Y en ese sentido, no es pobre.

Las vallas cercan Europa. El Mediterráneo se ha convertido en un cementerio africano. Los CIES y los campos de refugiados proliferan. Devoluciones en caliente. Tarajal. La criminalización de los inmigrantes y de los que intentan ayudarles: en España, en Francia, en Italia, en Grecia, en toda la nueva frontera este europea… ¿Qué piensa de la cuestión de la inmigración?

Es un drama humano sin precedentes, y no porque haya millones de hombres y mujeres en los caminos de la emigración, sino porque quienes debiéramos acogerlos, los rechazamos, un rechazo sociológico del que es un eco el rechazo político.

¿Por qué cree que ciertos sectores de la iglesia participan de esa resistencia ante los inmigrantes? Es como si hubiese miedo a caer en posiciones de izquierda.

En la iglesia española hay un pecado original de connivencia con la derecha política más apegada al negocio que a la solidaridad. Con esto no quiero decir que haya que votar o no al PP. Cada uno vota lo que cree que es conveniente para la sociedad en cada momento.

¿Piensa que seguimos sumidos en nuestro castizo guerracivilismo?

Si hoy hubiese una nueva revolución, la izquierda pensaría, y le damos razones para ello, que somos un enemigo a combatir. Y eso sería así precisamente por esa escandalosa e inaceptable cercanía ideológica a la derecha política. La iglesia se muestra enemiga de la izquierda.

 ¿En cuanto a la inmigración, que echa de menos en los pronunciamientos de los obispos y de la iglesia institucional?

El grito de los pobres. Si la iglesia gritase con ellos, el gobierno tendría que cambiar de política, porque todavía tenemos un cierto peso en nuestra sociedad.

¿La iglesia tendría que ponerse pues del lado del inmigrante?

Lo está, pero se echa en falta ese grito. La inmigración tiene hoy que ver con una sistemática vulneración de derechos de muchos hermanos. Duele especialmente cuando se trata de mujeres y de menores. El bosque está lleno de niños y adolescentes. Muchas veces, cuando consiguen pasar, los devuelven al otro lado de la frontera sin ni siquiera preguntarles quiénes son. Las autoridades tienen la obligación de ocuparse de los menores y no lo hacen. Simplemente los devuelven y se desentienden. Tenemos que gritarlo.

No son los únicos derechos que se vulneran en nuestra frontera sur con aquellos que no tienen los papeles en regla.

Toda persona tiene derecho a emigrar. Lo dice la Declaración de los Derechos Humanos. Los Estados tienen derecho a controlar la inmigración, pero no a impedirla. Si Europa gastase en acoger lo que dedica a impedir que la inmigración llegue a su soñado destino, el problema estaría resuelto. Ahora intentan que Libia, un estado fallido, controle las salidas de inmigrantes. Se les da dinero, patrulleras y armas.

¿Qué se consigue con eso?

Que los inmigrantes asuman un riesgo añadido y las mafias puedan ganar más dinero y abusar más y más impunemente de sus presas.

¿Por qué más habría que protestar?

También echo de menos la denuncia del ataque sistemático al derecho a la integridad física. Hay un silencio informativo que clama al cielo. Cuando un descerebrado atropella a varias personas en las Ramblas dedicamos páginas y páginas al hecho y al análisis del hecho. Cuando mueren decenas o cientos de personas de una sola vez en naufragios, la información no alcanza el valor de noticia.

¿Qué propuestas haría a este respecto?

Compromiso personal con el pobre en todos los aspectos de la vida, también en la oración. Yo soy liturgista. Nuestro misal está blindado a prueba de pobres. Habría que trabajar por un cambio de mentalidad. Educar la mirada para ver a los pobres. El pobre te devuelve al mundo real. Te obliga a dar a las cosas su justo valor. Yo puedo derrochar el agua que quiera, pero los pobres me hacen entrar por los ojos que hay quien, para llenar una garrafa, tiene que recorrer muchos kilómetros. El pobre es quien me hace cristiano a mí. Y ese es un camino que desgraciadamente no estamos demasiado abiertos a recorrer.

Nuestro misal actual está blindado a prueba de pobres. Habría que apoyar un cambio de mentalidad. Educar la mirada. El pobre te trae continuamente al mundo real. Te obliga a dar a las cosas su justo valor

¿Y no cree que en la iglesia ya se da dinero, se hace caridad?

El problema es que muchas veces damos la impresión de ser ricos que dan a los pobres lo que les sobra. El Papa, como el evangelio, pide convivencia con los pobres, no que nos engañemos a nosotros mismos pensando que ya nos hemos ganado el cielo dando.

O sea, que los pobres, los inmigrantes, y toda la música celestial, ¿serían más las solución que el problema?

Son parte de nuestro futuro aquí, y lo son también del que nos espera más allá del juicio de Dios.

Pobres inmigrantes, inmigrantes pobres…

En la vida del inmigrante van mezcladas todas las pobrezas: hambre, miedo, enfermedad, frío, abusos, dolor del otro, etc. Sufren todo tipo de vejaciones. Son gente sin derechos reconocidos. Es un mundo que padece crueldades tremendas. Por eso, incluso más que lo que puedas aportarles materialmente, ellos necesitan saber que hay alguien con quien van a poder contar. Eso es fundamental. Además, tenemos que luchar por hacerlos visibles

La iglesia española insiste mucho en el argumento del derecho a la vida en lo tocante al aborto, mientras que ese mismo derecho no se reivindica demasiado en el ámbito de la inmigración. ¿Por qué los muertos en el Mediterráneo dejan de ser personas o vida y se convierten en cifras o en bajas inevitables?

El tema del aborto, del respeto a la vida, es muy importante. Sin embargo, a base de hablar solo del aborto, se termina por promoverlo más que evitarlo.

Aparece de nuevo esa mentalidad cuyo vértice es la verdad, la identidad, la pureza, etc. 

En la iglesia ha habido una curiosa obsesión con temas que giran en torno a la sexualidad: aborto, número de hijos, ser buen padre o buena madre, ser una familia modélica. Lamentablemente, en la carta a los Efesios parece que se sugiere una dependencia de la mujer con respecto al marido y, claro, eso ha demonizado ese texto, que es muy rico y que dice algo que ningún matrimonio debiera olvidar: “amaos como Cristo ama a su iglesia”.

¿El sentido cristiano de la familia termina ahí? 

La familia es un sacramento, pero también es familia la propia comunidad eclesial. Es tan familia que nos conocemos unos a otros y nos prestamos atención unos a otros y nos ayudamos unos a otros. Yo creo que esto pastoralmente está por cultivar. El sentido de ‘la familia en el Señor’ ha desaparecido.

Entonces, ¿la familia es algo exclusivo para los católicos?

No, también está la familia humana. Todos somos hijos de Dios. Todos los problemas sociales de los que hablamos –inmigración, pobreza, drogadicción, mafias, prostitución, delincuencia, …- tendrían otro planteamiento y solución si nos viésemos como familia, si nos diésemos a los demás. La familia en el sentido universal no se ha cultivado demasiado en la iglesia. Prácticamente no aparece en el misal, por ejemplo.

¿La iglesia tendría que luchar contra las injusticias como cualquiera lo haría para defender a un hermano pequeño? 

Dios es el gran luchador contra el mal y la injusticia. No es el que ‘permite’ el mal, como tantas veces se repite desde los púlpitos, sino quien lo combate. La encarnación, la vida, la muerte, el descenso a los infiernos y la resurrección de nuestro Señor forman parte de la lucha de Dios contra ese mal. Es Dios quien se compromete hasta el extremo en ese combate.

Entonces, si se encarga Dios, ¿la iglesia queda eximida de esa lucha?

Ese compromiso contra la injusticia lo asume Dios en nosotros. Mi lucha contra el mal es la lucha de Dios contra el mal. Dios no ‘permite’ que una mujer sea violada. Contra eso lucha, se opone. Solo que Dios no puede evitarlo, no puede saltarse la libertad del hombre. Dios no puede conmigo.