La Consellería de cultura restaurará la cubierta de nuestro convento de Ribadavia.

La Consellería de Cultura, Educación y Ordenación Universitaria invertirá 104.362,5 euros en la reparación de las cubiertas de la iglesia y del ala oeste del convento de San Francisco, en la localidad de Ribadavia. El Diario Oficial de Galicia (DOG) publicó el pasado lunes 9 de enero la formalización de los contratos de obras, que tienen un plazo de ejecución de tres meses.

El objetivo de la actuación es reparar los daños en las edificaciones que conforman el conjunto del convento de San Francisco, ocasionados por las filtraciones de agua. De este modo, los trabajos contemplan la renovación de la cubierta de la iglesia, con la colocación de nuevo entramado de madera, lámina impermeable, placas de fibrocemento y cubrición de tejas cerámicas curvas rojas. En el caso de las estancias adyacentes, se limpiarán, se renovarán o se repararán los canalones y bajantes en mal estado; se repararán los finales de encuentro lateral del faldón de las tejas con los paramentos laterales y se sustituirán las tejas rotas o dañadas.

De la iglesia conventual destaca su torre barroca con balconcito, la bóveda de cruzaría, y el altar churrigueresco. Además, se puede contemplar parte del coro antiguo oxival (siglo XV) de la catedral de Ourense. Del convento anexo se conserva el claustro de los siglos XVII-XVIII, el portalón de medio punto de entrada y la escalera que formaban parte del antiguo convento situado en Santa Marta en el siglo XIII. A comienzos del XIX se convirtió en la tercera comunidad en importancia entre los conventos franciscanos de Galicia. En el año 1835 tuvo lugar la exclaustración hasta que, el 26 de abril de 1915, retornaron de nuevo los franciscanos. Los últimos frades marcharon a finales del siglo XX y actualmente no hay comunidad monástica


ANTIGUO SANTIAGO DE ALÉN


El lugar que ocupa actualmente el convento franciscano de Ribadavia recibía antiguamente el nombre de Santiago de Alén, debido a la capilla o iglesia medieval, albergue o hospital de peregrinos del que hablan los documentos del siglo XIII.

Las primeras construcciones del templo de San Francisco en Ribadavia datan de finales del siglo XVI y principios del XVII, aunque sufrió ampliaciones hasta completar su configuración actual.

En la actualidad el convento tiene su uso cedido a la Diócesis de Orense para vivienda de sacerdotes.

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LOS  CONVENTOS DE SANTIAGO Y DE SAN FRANCISCO

Existe documentación que ubica a los franciscanos observantes en Ribadavia en el siglo XV; por 1402 se cita la existencia de  un convento titulado de Santiago de Ribadavía, a vincular, quizás, con un primer asentamiento en relación con la ermita de Santiago de Alén – al lado de un hospital de peregrinos-, en la orilla izquierda del río, que se reconocía de “Alén” para distinguirla de la iglesia parroquial de intramuros. Resulta, por otra parte, menos probable relacionar esta fundación con la citada parroquia  de Santiago, dependiente del obispado tudense. Posteriormente nos encontraremos con la existencia de un convento, muy probablemente heredero del anteriormente citado, que se le denomina de San Francisco, al menos  entre 1432 y 1458. Así ya en una Bula de Eugenio IV, de 1432, se cita su existencia, desde lo que cabe deducir del texto de una donación (1454) y de un foro (1458); estaba ubicado en la parte septentrional de la villa, en las inmediaciones de la iglesia de Santa María de Oliveira, quizás, extramuros. El padre Castro señala la posibilidad de que  su desaparición de la  villa tenga que ver con las luchas entre la casa de Sotomayor y los condes de Ribadavia

El CONVENTO DE  SAN ANTONIO

Tras la integración del convento de Santa Marta a la Observancia  siguieron los intentos de aproximar a los frailes a la villa de Ribadavia. Será el propio V conde de Ribadavia,  don Luis Sarmiento de Mendoza,  quien, tras el fallido intento de ubicarlos en la Oliveira, va a mandar tasar varias casas en Santiago de Alén, en un espacio que, quizás, ya hubiese sido, en parte, franciscano, como se ha dicho,  en un momento anterior.

Habrá que esperar, sin embargo, hasta el tiempo de  la VII Condesa de Ribadavia, María Sarmiento de Mendoza  (1581-1587) para que se materialice el traslado ; ya en 1583 consta, mediante carta escrita desde el concejo de Ribadavia a la citada señora, que los frailes habían trasladado desde Santa Marta “… la madera y la piedra labrada del quarto nuevo que habian hecho para traer y más la teja y otra madera vieja  de otros aposentos, sacada la iglesia, cozina y lagar que esto se quedara…”;  es decir el cambio supuso un movimiento de materiales de la construcción anterior y, también, la permanencia de otros en el lugar de origen.

Es, realmente, en 1584, cuando se materializa este traslado y se mantiene, en un primer momento, para el nuevo centro, la denominación de Santa Marta,  aún cuando el lugar con que contaban para el culto, en principio, fue la citada ermita de Santiago de Alén. El día 4 de mayo toman posesión de la misma; entonces el padre guardían, fray Pedro de Morçin, al entrar,  “…dixo su oración inbocando en ella al señor San Antonio…”.

Ya en 1589 se alude a este convento citándolo como de San Antonio;  como tal lo reconoce su vicario, fray Pedro de Santiesteban, en un documento que hace mención a la recepción de “…dos carneros que se suelen dar a San Antonio por pascua de flores”. Hay constancia, por lo demás, que, entonces, se están haciendo obras que afectan al convento; así, por 1590, el entonces guardián, fray Antonio Maseda, solicita que le hagan un pago que precisa para tales trabajos.

Se accede al convento por una puerta con un desarrollo en medio punto siguiendo directrices que se mantienen en los años medios del siglo XVI; posiblemente forme parte de los materiales que se trajeron de Santa Marta. Esta zona conventual se adelanta, en su alineamiento, al de la iglesia, habiéndose de llegar, hasta ambas partes,  bien a través de una escalinata que, en un primer momento accedía frente a la iglesia, hasta el atrio, bien por un camino en pendiente que se toma hacia cabecera del templo. El trazado de una carretera, la de Villacastín a Vigo, afectó, allá por 1881,  a la disposición de la mencionada escalinata que se trasladará, entonces a la parte más próxima al río. En el alto muro que mantiene el atrio se ubica,  en su parte baja – a la altura del caminante-,  un limosnero de San Antonio,

En la pared del convento que se adelanta a la la iglesia se conserva un conjunto de tres piedras de armas La central es un escudo franciscano, de forma ovalada, timbrado por una cabeza humana, y con tres cuarteles: uno, con las cinco llagas; otro, con los dos brazos cruzados; y  el tercero, en el mantelado, con los tres clavos de la crucifixión. A su derecha se presentan las enseñas de los Sarmiento y al otro lado, las de los Mendoza; ambas timbradas con corona condal. Estamos ante un conjunto heráldico cuyo tres exponentes responden al mismo momento pero que, originariamente, no debieron estar ubicados tal como aquí se ven,  lo que indica que han de ser parte de una obra anterior y que, por lo tanto, forman parte de unos materiales de una construcción reaprovechados; tanto el modo de presentarlos, pegados,  como el que se utilicen formas para sus respectivos campos de configuración diversa, conlleva una disposición anterior diferente.

Caben, básicamente, dos posibilidades a tener en cuenta ante el hecho de que sumen las armas de los Sarmiento y de los Mendoza en torno a una obra que, como indica el escudo central, es propia de la orden franciscana. Bien puede encuadrarse por 1578, en la parte de la construcción de Santa Marta, realizada por  Macías Álvarez y que se trasladará, en su materiales, hasta aquí; bien puede tener que ver con el momento de la  implantación de la comunidad franciscana aquí, en Santiago de Alén, por 1583-1584. En el primer caso quien es Leonor Sarmiento de Mendoza la VI Condesa de Ribadavia; Y en el segundo, estamos en el tiempo de su sucesora, María Sarmiento de Mendoza. Así pues, en ambos ocasiones se aúnan los dos linajes aquí presentes y son, por lo tanto, igualmente válidos para las dos.

En 1625 continúan las obras conventuales. Anteriormente se había levantado la sacristía y el capítulo y ahora se acometía – contando con   Juan y Pedro de Barros, canteros vecinos de San Estebo de Pedre, Soutelo de Montes –  la reforma de un cuarto del convento adaptándolo a la forma de un claustro, aún pendiente de concreción. El quehacer constructivo sigue y en  1649 se marca un nuevo hito constructivo, al incluir esta fecha en una inscripción de la parte alta del claustro alto, junto a la iglesia

De nuevo, por 1697, hay constancia de que el convento se está ampliado. Ya en 1725 se contratará con Domingo Adán, cantero y vecino de Ribadavia, el cierre de los arcos del claustro, “… que son 28 y los 27 de perpiaño labrado de las dos cara hasta ygualar con los chapiteles de los arcos y el propiaño del mismo gruesso que el de ellos y en el otro arco y claro una puerta marqueda de cantería con el alto y ancho decentte y a safisfacion del sindico, quebrantando la piedra necesaria para todo ello del grano de la de Santa Marta carretándola y caleando dicho prpopiaño”. También debe de ser, por esta época, cuando se construye su escalera principal. Este convento, consta, también en el siglo XVIII, que  era, por entonces, Casa de Artes.

Con el siglo XIX la historia de este convento, como tantos otros, va a vivir tiempos de desastres. Así, en 1809,  tuvieron los frailes que refugiarse en el entonces priorato de Santa Marta, ahora, como se ha dicho, en manos de los agustinos. La exclaustración en 1835, y la venta que del convento hace el Estado, en 1843, suponen otros cruentos momentos para este centro. En la escritura de compraventa que entonces se realiza se documenta, por un parte, el alto nivel de deterioro en que se encontraba pero también cómo estaba distribuido por entonces:  “… se  compone de dos Claustros, uno alto y otro vajo, y en este se halla una cocina, Refectorio, Bodega, y Panera, con mas de diez oficinas destinadas a Caballerizas; en el otro y parte denominada interior, se encuentran treinta y una oficinas, y en la otra parte, que se llama esterior, se compone de once oficinas…. La huerta unida al Combento, su mensura, ocho cavaduras, cerrada sobre sí, por medio de una doble cerca…”.

Cuando vuelven los franciscanos, construirán una pequeña casa sobre la sacristía, en 1916. Habrá un nuevo período de penurias en los años de la Guerra Civil llegando a ser expulsado su guardián en 1936. Posteriormente el convento se hará con parte del espacio anteriormente vendido, concretamente en la zona inmediata a la iglesia. Ya en 1955 se le otorga una altura más a lo adquirido.

A los franciscanos le ha sucedido, en el mantenimiento del día a día de este convento, una comunidad italiana:  las denominadas Clarisas Franciscanas Misioneras del Santísimo Sacramento, fundadas por la Madre Serafina de Jesús, en 1898 y que observan la Regla de Santa Clara. Este centro – conocido en su Orden como Comunidad San Antonio- es, con otro existente en Palencia – Comunidad Santa Clara de Asís-,  testimonio de esta rama femenina franciscana en España. El culto de su templo sigue estando en manos de los franciscanos ,que lo atienden desde su convento de Ourense.

La iglesia conventual precisa un tratamiento pormenorizado.  Es en 1607 cuando el guardián del convento – que se denomina,  en el documento, de San Francisco de Ribadavia-, contrata con los canteros Pedro de la Sierra y Juan Leal, vecinos de San Clodio, su construcción. Sobre su sencilla puerta hay una hornacina en la que se encuentra la imagen de San Antonio. Más arriba hay un escudo franciscano y en la parte que mira al río, se dispone el campanario, de planta cuadrada y forma esbelta.

Se desarrolla  con una amplia nave central que culmina con un presbiterio de importantes dimensiones; en la parte  de la nave más próxima, con respecto a la capilla mayor,  al se abren, en esa nave principal, a cada lado, dos amplios arcos y, a continuación, uno más, de menor entidad, algo que se justifica por el amplio desarrollo que tiene el coro alto. De este modo, se concretan, hacia los laterales,  espacios,  para una serie de altares, que cabe entender, también, como naves laterales de las que es más larga, hacia los pies, la de la epístola.

Por otra parte cabe entender como una nave de crucero el conjunto del espacio inmediato al presbiterio, en la anchura total de esta iglesia que está abovedada y que debe de concluirse, al menos en lo fundamental, tres años después dado que, sobre la puerta, se lee: “Año de 1610. G.F.A.D”; se ha de interpretar tal abreviatura como “Guardián Fray Antonio Domínguez”.  No obstante, aún teniendo en cuenta el hecho de que, en lo fundamental, estamos ante una construcción levantada, desde un único plan, a principios del XVII,  hay, en ella, determinados elementos – es el caso, de algunas decoraciones de placas- que llevan a pensar en la concreción de obras importantes en el XVIII, que se detectan hacia los pies del templo, en la parte superior de su portada y en la concreción definitiva de su campanario.

Concluida la iglesia, en su primera y fundamental etapa constructiva,  siempre se conocerá como dedicada a San Antonio.  Se encargan, desde un primer momento, para ella, obras de orfebrería – una cruz de plata (1612)-;  se pintan retablos – el del Santo Cristo (1638); se fundan misas – en el altar de la Concepción (1671)-;  salen de esta iglesia procesiones  la de la Soledad (1685)-…

Hay que decir que, tras la Desamortización, esta iglesia pasó a pertenecer a la diócesis de Ourense, considerándose, entonces, como un santuario que será atendido por frailes exclaustrados hasta 1879. A partir de entonces se ocupará de su culto algún párroco de Ribadavia. Ya  en 1915 el obispo de Ourense lo entregará, de nuevo,  a la Orden Franciscana.

Se conservan aquí dos retablos estructurados por columnas salomónicas y de condición barroca. El mayor ocupa toda la altura del presbiterio presentando tres niveles de representación; aparece coronado por un escudo de la Orden y anagramas alusivos a Jesús y María. Conserva parte de su imaginería primera; concretamente el San Bernardino de  Siena, de su tercer cuerpo; y las esculturas de San Antonio de Padua, en el centro, y de San Jacinto y de San Pedro de Alcántara, a los lados, en el segundo. Tanto el Sagrado Corazón de Jesús como la Inmaculada Concepción y el San José, del primer cuerpo son obras del principios del siglo XX. En concreto la representación mariana cuenta en el pedestal con una inscripción que dice: REGALO DE/ DA CARMEN PÉREZ/ NEU DE NOGUEIRA-

El otro retablo barroco, en el lado de la epístola, se dedica a San Francisco en el espacio principal de los  tres con que cuenta en su nivel principal. Tiene a los lados a los patronos de la Tercera Orden: San Luis de Francia y Santa Isabel de Hungría. En la parte alta, coronándolo todo, puede versen, en la correspondiente hornacina, al Niño Jesús de Praga. Estamos, en este caso, ante un repertorio iconográfico planteado en el siglo XX, a la vuelta de los franciscanos. Se complementa este retablo con otras obras, concretamente el marmóreo enlosado que antecede al altar, en el que hay un epígrafe que dice “V.O.T. /1926” , lo que  lleva a suponer que este conjunto, como quizás aquellos que le acompañan en ese lado de la epístola del templo – concretamente  el retablo del Santo Cristo y el Ecce Homo-  formen parte de un espacio a vincular, especialmente, con la Venerable Orden Tercera, en su rama secular, que tiene, también hoy, una presencia activa en esta villa y que fue, precisamente,  instituida a la vuelta de los franciscanos en Ribadavia, por 1915, al igual que la denominada Juventud Antoniana; hay que tener en cuenta, en este sentido, que ya, en la etapa franciscana anterior, tuvo existió la Venerable Orden Tercera, vinculada a este templo; quizás desde 1700 ya,  pero, al menos, entre 1818 y 1835.

Deben de corresponder a un tiempo posterior – tercer tercio del siglo XVIII- los retablos de San Antonio, en el crucero y en la parte de la epístola;  y  de la Virgen de los Dolores, en el lado del evangelio. En ellos se entremezclan elementos rococós, fundamentalmente en lo decorativo, con otros propios del neoclásico; es el caso de los capiteles con guirnaldas que pueden verse en el propio de la devoción mariana. El repertorio ornamental y el dorado señalan una cronología relativamente más temprana para el de San Antonio que se presenta a través de una imagen de vestir.

En el caso del retablo de la Virgen de los Dolores, que lo preside, cuenta con una urna acristalada, sobre el altar, en donde se muestra a Cristo yacente-. En la parte superior, en tanto,  se le otorga un singular protagonismo a una escultura que presenta a San Jerónimo en su condición de penitente.  Hay dos devociones más en este altar; una, propiamente franciscana, la de San Benito de Palermo; y otra, un San Lázaro que tuvo, en Ribadavia, culto en ermita propia, además de dar nombre a una leprosería. Hay que decir, además, que, salvo esta figura de San Lázaro, todas las demás aquí presentes deben corresponder al programa de un retablo anterior, de condición barroca.

En el espacio anterior al presbiterio, a valorar, como se ha dicho, como crucero, se presentan, enfrentados, dos retablos que deben corresponder a los primeros años del siglo XIX. En la parte de la epístola el que se nos muestra cuenta  con un único espacio para la imaginería y debió de ser, desde un primero momento, dedicado a la Virgen, teniendo en cuenta el anagrama mariano que se ve en el frontal del altar. Es posible que la Virgen de Fátima, que hoy aquí se guarda, haya sustituido a una Inmaculada, devoción especialmente querida, al ser su patrona, por los franciscanos.

El retablo de enfrente tiene como devoción principal es de la Milagrosa; se trata de una devoción que  parte las apariciones marianas a Catalaina Labouré , fechadas en 1830 y que se concretan ya en la divulgación de medallas de la Milagrosa en 1832 ¿ Habrá asumido el templo de Ribadavia este culto antes de la marcha de los franciscanos, en 1835?  El hecho de que el retablo se corone con una representación del Corazón de María – que se asocia, precisamente, a este culto-  parece así insinuarlo, aún cuando también cabe la posibilidad de que sea ya en el XX, tras la vuelta de los franciscanos, cuando se promueva este culto. En este caso son San Roque y Santa Rita quienes se presentan  a los lados.

Debe, en todo caso, hacerse una referencia a la importancia del culto en esta iglesia en los años anteriores a la exclaustración partiendo de la relevancia de quien fue su guardián en los últimos años:  el padre Juan Francisco Suárez Taboada (1782-1868), responsable de la comunidad franciscana de Ribadavia desde 1829 hasta la marcha de los franciscanos y que, según Eiján, mantuvo, hasta su muerte, en la medida de sus posibilidades, su protección sobre este templo Llegó a regentar la cátedra de Filosofía en Pontevedra y fue considerado un magnífico predicador. No sería extraño, pues, teniendo en cuenta la categoría de este personaje, que incentivase el culto a la Milagrosa en Ribadavia al final de su tiempo como guardián del convento.

El retablo de la Virgen del Carmen, también es de principios del siglo XIX, se dispone, asimismo, en el lado del evangelio. Hay, a sus lados, espacios, también, en los que están las imágenes de San Blas y Santa Lucía. Se corona el conjunto con un lugar dedicado, en este caso, a San Diego de Alcalá; es muy probable que la imagen de este franciscano corresponda un retablo anterior.

El retablo del Santo Cristo, de carácter neogótico ha de hacerse, probablemente, en la tercera década del XX contextualizando a un Crucificado de estilo barroco.

Cuenta además el templo con una buena imagen del Ecce Homo que se dispone, en un altar propio. Se adapta a la tipología de sedente, tan habitual en el culto franciscano y, de un modo especial, en la Orden Tercera, Es una imagen repintada y, posiblemente, restaurada, lo que dificulta su valoración; es, posiblemente, obra del XVIII. El hecho de que conste de que, en 1809,  recibió “dos sablazos, uno en la cara y otro en un brazo”, lleva a pensar que, posteriormente, hubo de recomponerse lo, de tal modo, deteriorado

También tiene un lugar propio la devoción de la Piedad, constituida por una Virgen de los Dolores, de vestir, y, en sus brazos,   una figura de Cristo muerto – de menores dimensiones, cual si fuese atributo-. Además han de citarse la Santa Clara, dispuesta a un lado del altar mayor, y el Niño de la Pasión sobre la bola del mundo – o Niño Jesús-.

Cuenta el templo, además con un órgano en cuya caja, sobre el espacio del teclado, se  representa la muerte de San Francisco. Además se distribuyen  por su interior, como es habitual, las estaciones de un  Vía Crucis.

Se conserva en la iglesia la Cruz Procesional, realizada a principios del XVII por el platero Marcelo de Montanos, quien, procedente de Valladolid, se había asentado en Ourense.  Resulta algo extraño,  si se tiene en consideración el inventario  de 1835,  de “Alhajas de Plata, Vasos y Ornamentos Sagrados del Convª , realizado a raíz de la Exclaustración”, el hecho de que, curiosamente, no consta, en él, esta cruz ; los bienes inventariados fueron entregados al Obispado quien los mantiene, en este caso,  para el culto de esta misma iglesia.

También se ha dejado documentado como el Obispado, en 1842, depositó, en diferentes iglesias de su diócesis, ornamentos sagrados que habrían de devolverse al convento “… si vuelve a reunirse aquella Comunidad”. Las beneficiarias, en este sentido, que se citan son: “Santa Eufemia la Real de Orense, Santa María de Zás (anejo de Sn Salbador del Rey), Sn Juan de Orega, S. Miguel de Lobios, Sn Martín de Domé, Sn Salbador de la Arnoya, Sn Salbador de Sande, Sta. María de Cartelle. Sn Lorenzo de Cañón”,

No consta, en este caso, que imágenes de esta iglesia se trasladasen a otros lugares dado que, como se ha dicho, se mantiene, en ella, el culto. Aún siendo así, bastante de la imaginería,  hoy existente en el templo, se adquiere por 1915-1916, al volver a incentivarse el culto en este templo con la llegada de los franciscanos, dejando Samuel Eiján constancia de ello. A ese momento responden la Inmaculada, en el retablo mayor; el Sagrado Corazón de Jesús, donado por D. Mariano Ulloa; la de San José, a relacionar con Doña Victorina Lorenzo de Ulloa; las de San Luis y Santa Isabel, que son patrocinadas por la Tercera Orden; la de San Antonio, debida a la Juventud Antoniana y que era utilizada, por entonces, en las procesiones mensuales; la de Santa Lucía, debida a doña Lucía Freijido; la de Santa Rita, con dotante anónimo. Además son de este momento las imágenes del Carmen, Niño Jesús, San Francisco, San Blas y San Roque.

También, al renovarse, en clave franciscana, el culto en esta iglesia, se acometieron diferentes obras que atañeron, fundamentalmente, al presbiterio, al que, entonces, se le añaden gradas de mármol y comulgatorio,  además de iluminarlo con ventanas. Asimismo se recompuso el púlpito – lo patrocinó D. José María Urquijo, Presidente de las Peregrinaciones a Tierra Santa y Roma-  manteniéndose, en este caso, su base barroca. Por último fue preciso, ahora , adquirir tres  campanas para dar, de nuevo, sentido a su campanario.

La sacristía, dispuesta al lado norte del presbiterio, también hubo de reponerse en su mobiliario, presidido hoy por un San Antonio. Y es que había sido un espacio particularmente castigado, según recoge el propio Eiján,  quien llega a documentar que parte de sus bienes  fueron “… puestos al mercado en esa ciudad (Ourense)”.

EL ASILO  DE NUESTRA SEÑORA DE LOS ÁNGELES 

Se funda, como hospital, el siglo XVI y las Hermanitas de los Pobres se hacen cargo de él en 1903. Ellas serán las que hagan un Asilo para los ancianos desamparados, concretamente en parte del exconvento de Santo Domingo. Al manifestar ésas sus deseos de abandonarlo,  se harán cargo del mismo, en 1939, las Madres Misioneras de la Madre del Divino Pastor continuarán su labor; contaron con la llave de la iglesia de Santo Domingo hasta que habilitaron un oratorio; también impartieron docencia en los siguientes años.

LA GRANJA DE SANCTI SPIRITUS  EN SAN CRISTROBO DE REGODEIGÓN.

Entre los años finales del siglo XVII y hasta 1835 contaron los terciarios regulares de Santi Spiritus con una granja en San Cristobo de Regodeigón, en las proximidades, pues, de Ribadavia.  Se conserva en este lugar, al pie de la actual carretera de Ribadavía hacia O Carballiño, un peto de ánimas en donde el protagonista es, precisamente, San Francisco,  que aparece salvando a una de las ánimas de un Purgatorio representado en la parte inferior. Se presenta esta escena, y el limosnero correspondiente, enmarcado en una arquitectura coronada por un frontón triangular sobre el que se levanta  la Cruz, en el centro,  y pináculos, en los laterales; atiende a un formato que se repite, en lugares, relativamente próximos – es el caso de Santa María de Melón-,  ya por los años finales del XVIII o los primeros del XIX.

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