SE LES ABRIERON LOS OJOS Y LO RECONOCIERON | CARTA POR LA PASCUA DEL MINISTRO GENERAL 2018

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¡Se les abrieron los ojos y lo reconocieron!

[Lc 24, 31]

Carta del Ministro general de la Orden de los Hermanos Menores para la santa Pascua de 2018

 

Queridos hermanos:

¡La presencia de Jesús resucitado y glorioso esté con todos ustedes!

Este año nuestra Orden celebrará el Consejo Plenario en Nairobi, poniendo en el centro de nuestra reflexión el tema de la Escucha como condición de posibilidad para interpretar creativamente lo que el Señor dice en su Palabra, en los acontecimientos diarios y en la vida de cada uno de los hermanos. He pensado que esta carta pascual debe estar en sintonía con este argumento, sacando de la fuente inagotable de la Palabra algunos textos bíblicos paradigmáticos que puedan ayudarnos a comprender mejor el misterio de la resurrección de Cristo y sobre todo el efecto que tiene un acontecimiento de tal magnitud en la vida de todo creyente.

La Cuaresma nos ha ofrecido claves de interpretación muy importantes en nuestro itinerario hacia la Pascua. Cada domingo hemos escuchado algunos pasajes que nos demuestran el compromiso de Dios al ofrecer el don de la salvación a un pueblo que la misma Escritura define como de dura cerviz. En el segundo domingo de Cuaresma, especialmente, la liturgia nos ha ofrecido el trozo neotestamentario de la Transfiguración del Señor que quiere ser sin más un preludio del esplendor de la gloria que el Hijo vivirá y que hará vivir a todos los que creen en él. Esta condición de gloria sin embargo no será posible sin antes tener que enfrentar una de las pruebas más insidiosas y desgarradoras, la muerte. Enfoco la mirada en primer lugar sobre este pasaje porque en él se evidencia claramente una situación de perplejidad, confusión y aturdimiento de los tres discípulos que Jesús había tomado consigo. Pedro en primer lugar, desea un estado de bienestar que contrasta con la frase que Jesús había pronunciado precedentemente. El que quiera salvar su propia vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará(Mc 8,35).

La versión del evangelista Marcos subraya el desaliento y la confusión que experimentaron los discípulos después de haber recibido el anuncio de la pasión y muerte de Jesús. Esta perplejidad se parece a la que experimentan los discípulos de Emaús, los cuales pensaban que habían entendido lo sucedido en Jerusalén, pero a los que Jesús califica como tontos y lentos de corazón (Cf. Lc 24,25). La escena de la transfiguración pone un especial acento en el acto de “escuchar”. Cuando Jesús se transfigura ante ellos una voz proveniente de la nube dice: Este es mi Hijo, escúchenlo (Mc 9,7); un imperativo muy útil para reafirmar la idea de que el poder de la muerte y el suplicio de la cruz no pueden vencer la eficacia de la tarea mesiánica y salvadora, pero que tal sacrificio se convertirá en una bandera de la victoria que proclama la derrota de la muerte (Cf. ICo 15,55). Escuchar aquí significaría optar como optó Jesús, aceptar el estilo propuesto por él, andar detrás de él (Cf. Mc 8,34). Por un camino que inicialmente no es glorioso ni lleno de estímulos, pero que llevará a cada persona a la plenitud de la vida, a una vida verdadera en el amor, en la paz y en la comunión con todos.

Un segundo texto que quiero considerar, también en clave de escucha, es la narración pospascual del encuentro de Jesús con los dos discípulos de Emaús (Cf. Lc 24,13-35). Un texto fascinante, escrito con una notable habilidad, compuesto para ser una enseñanza sobre el camino de los discípulos que aprenden a reconocer al Señor resucitado.

Los textos evangélicos que narran los encuentros con el Resucitado son varios y diversos en las formas, en las modalidades, en el estilo, pero concuerdan en subrayar que no fue tan fácil, ni siquiera para los discípulos que habían vivido con Jesús, reconocer al Resucitado. Los evangelistas coinciden sobre el hecho de que cuando los discípulos se encontraban con Jesús resucitado dudaban y no estaban convencidos de quién fuera porque no lo veían como lo habían visto pocos días antes, en su experiencia histórica, en la carne de su humanidad, por lo cual se confirma que el resucitado es exactamente el mismo, pero que es completamente distinto.

El evangelista Lucas se enfoca en la idea de que no basta ver a Jesús para creer en el Resucitado. Es necesario hacer un camino inteligente de comprensión de las Escrituras para llegar, acompañados de Jesús mismo, a un reconocimiento cierto de su presencia. En otras palabras, es la mediación de las Escrituras y la aplicación de éstas a Jesús lo que hace despertar en la comunidad creyente una convicción de la verdad de la Resurrección.

La fe pascual no es sólo fruto del ver con los ojos sino de repensar las Escrituras observando su cumplimiento en la persona del Resucitado. He aquí por qué la visión por sí sola no es suficiente: no es la aparición lo que persuade sino la explicación de la Escritura y el itinerario de crecimiento que se hace hacia una madurez en la fe. El mismo Pablo afirma en la carta a los Romanos: ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?; ¿cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie? (Rm 10,14). Lucas ambienta el episodio en una tarde mientras el sol está ocultándose. Los discípulos se dirigen a Emaús por un camino en descenso, es un camino de retorno a casa, marcado por la tristeza y por el deseo de replegarse hacia un ambiente privado, caracterizado por el fracaso y por la desilusión. Retornan porque sienten que se han equivocado, que han perdido el tiempo en su vida. Habían seguido a un personaje, a Jesús,  esperando que fuera él quien salvara a Israel, y en cambio todo ha acabado trágicamente. En algún momento se une Jesús y camina con ellos. Los dos discípulos que debían conocer muy bien a Jesús porque habían estado con él por un buen período de tiempo, ahora no son capaces de reconocerlo. ¿Por cuál motivo?

Después de este acercamiento físico del Resucitado hacia los discípulos, toma también la iniciativa de preguntar ¿qué son esos discursos?  (Lc 24,16). Jesús muestra una actitud educativa y hace una pregunta retórica para hacerlos expresar e involucrarlos. No se manifiesta de inmediato porque el reconocimiento del Resucitado exige un camino. Parafraseando la pregunta Jesús está diciendo: ¿Qué es lo que están pensando? ¿Qué es lo que los preocupa? A la pregunta hecha por Jesús sigue una larga respuesta de parte de estos dos discípulos cargada de presunción y del deseo de querer enseñar algo: prácticamente es la transmisión oral del fracaso que están experimentando en aquel preciso momento. He ahí por qué no lo reconocen, están convencidos de saber más que aquel forastero con quien acaban de encontrarse.

Un detalle que conviene notar se encuentra en el hecho de que el evangelista ha puesto en escena dos discípulos pero sólo da el nombre de uno, Cleofás. ¿Quién podrá haber sido el otro? Considerando la naturaleza propia de las narraciones bíblicas desde el punto de vista narrativo, el narrador deja un espacio para que el lector se sienta involucrado y ocupe también un lugar dentro de la narración. El otro discípulo soy yo, eres tú, es todo creyente que recibe este anuncio. Habría otros detalles que se podrían subrayar en estos textos, pero tratando de mirarlos integralmente quisiera más bien plantear una pregunta. ¿Nosotros, los hermanos de este tiempo, estamos convencidos de reconocer a la persona del Resucitado que camina también con nosotros?

Durante las visitas que he tenido el privilegio de realizar en algunas Entidades de nuestra Orden, he podido constatar que una gran mayoría de hermanos y hermanas saben dar testimonio de la resurrección del Señor con su propia vida; sin embargo, también he constatado que en ciertos lugares existen “rumores” externos o inclusive internos, que obstaculizan la intención de ponerse a la escucha del Señor e impiden emprender un camino de profundo discernimiento semejante al que vivieron los dos discípulos de la narración, después de haber vivido junto con Jesús un momento eucarístico sublime y de salvación.

Me parece que estamos expuestos a un doble riesgo que alcanzo a vislumbrar en las narraciones evangélicas mencionadas. Por una parte, el miedo y la perplejidad cuando debemos enfrentar las adversidades que nos mueven a quedarnos en nuestra “zona de confort”, evitando escoger el camino de la cruz propuesto por Jesús. Es como si tratásemos de ahorrarnos los momentos de malestar para experimentar un estado de un falso bienestar que nos lleva a dar prioridad a nuestro propio proyecto, dejando en segundo plano el proyecto de Dios. Por otra, podemos adoptar la actitud inicial de los dos discípulos de Emaús, es decir, de quienes creen saberlo todo e instruyen a los demás, incluso en el pesimismo y en el desaliento, sin siquiera detenerse un momento para escuchar a los interlocutores. Con dolor, de cuando en cuando debo enfrentarme con la realidad de hermanos que sufren las consecuencias de la falta de comunicación en las fraternidades locales y provinciales. Esto me da una ulterior confirmación de que las personas “llenas” de sí mismas difícilmente pueden abrir un espacio para escuchar la voz del otro, y no son capaces de hacer callar tantas voces que hablan simultáneamente, para dar la prioridad al silencio como un espacio privilegiado para escuchar a Dios y para leer los signos de los tiempos con audacia y sabiduría. El problema grande aparece cuando las cosas no suceden como se preveía. Sucede lo mismo que sucedió a los discípulos de Emaús, a saber, la desilusión, el fracaso, la desolación, el deseo de abandonar todo para volver atrás y no querer volver a saber nada del asunto. Asistimos entonces al derrumbamiento del proyecto personal porque creíamos que éramos nosotros el centro de todo, quitando de en medio a Jesús, verdadero y propio autor de todo proyecto.

El evento de la Resurrección no puede ser reducido a la contemplación de un muerto que vuelve a la vida. La Resurrección sobrepasa la dimensión de lo físico y nos lleva a una experiencia de auténtica salvación, con los efectos que ella produce, como sucedió a los discípulos de la primera generación. El evangelista Lucas insiste en la idea de que sólo se puede reconocer al Resucitado cuando se camina con él, mientras nos enseña y explica las Escrituras, y especialmente cuando nos sentamos a la mesa con él para compartir el pan partido: Se les abrieron los ojos y lo reconocieron, dice el texto, para subrayar que, a pesar de su necedad, después de haber caminado junto con él, lograron redescubrir la nueva presencia del Resucitado. Esta es la bella noticia declarada por el Evangelio mismo: también nosotros seremos capaces de vencer toda tentación de autorreferencialidad o de escepticismo si nos ejercitamos en escuchar a Dios y a nuestros hermanos, si somos capaces de entender con la mente y con el corazón la Palabra revelada que se nos ha encomendado. En san Francisco encontramos el claro ejemplo de alguien que hace un camino de vida evangélica, junto con sus hermanos y con los pobres, y que llega con el corazón lleno de gozo al reconocimiento de Aquel que transformó para siempre su vida.

Concluyo esta carta con las palabras que nos ha regalado el papa Francisco en la carta de cuaresma para este año: “En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del “fuego nuevo” poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica: “Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu”, para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la palabra del Señor y alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad” (Mensaje del Santo Padre Francisco para la Cuaresma de 2018).

A todos ustedes les deseo una bendita y santa Pascua en el camino de la escucha y del discernimiento, es decir, de la vida renovada en Cristo.

 

Fraternalmente,

Fr. Michael A. Perry, OFM
Ministro general y Siervo

 

Roma, 29 de marzo de 2018
Jueves Santo

Imagen: Maša Bersan Mašuk, Cristo Risorto, Basilica Marija Pomagaj – Brezje, Slovenia

 

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[English] Their eyes were opened, and they recognized him!

[Español] ¡Se les abrieron los ojos y lo reconocieron!