En Memoria de Adelino

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El pasado 14 de enero falleció en Ourense Adelino Vázquez Sobrino.

El periódico ‘La Región‘ le dedica este artículo:

Nacido en el vecino Esposende en el seno de una familia numerosa, fue desde muy joven y durante mucho tiempo el sacristán en su parroquia natal, oficio que simultaneaba con la atención al santuario de la Virgen das Areas, de honda devoción en tierras del Ribeiro.
Tras su matrimonio con Manola López Vázquez, por razones laborales se instala en Ribadavia residiendo los primeros años en el barrio de San Francisco, estableciéndose entonces una especial querencia de la familia hacia el templo de la orden. Fue sin duda este vínculo con la comunidad religiosa lo que propiciaría el hecho de que, tras el traslado de los frailes (2003) que fueron sustituidos por las Hermanas Clarisas, Adelino se convirtiera en el enlace entre las monjas y la sociedad ribadaviense, quien entonces se había manifestado contra la partida de los discípulos del Poverello de Asís.

A lo largo de más de diez años las Clarisas, alojadas en el convento, contando con Adelino  y la desinteresada colaboración de un grupo de vecinas, mantuvieron las instalaciones y sostuvieron el culto. Pero las religiosas, siguiendo órdenes de sus superioras, también dejaron dicha morada. Se cernía entonces un futuro incierto sobre el convento, y otra vez la generosa disposición de Vázquez Sobrino facilitó la marcha de los acontecimientos. La comunidad franciscana delegó en su persona la gestión de su patrimonio, y los nuevos párrocos asumieron la liturgia del templo y establecieron allí la catequesis.

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Comenzó entonces una nueva etapa para San Francisco. Igual que en los años cincuenta del pasado siglo, cuando la comunidad dirigía la parroquia local, sus dependencias se llenan ahora de nuevas generaciones que dinamizando las estancias religiosas, mantienen los mutuos lazos de cordial correspondencia entre el espíritu franciscano y el vecindario que llenan nuestra historia. Toda la infraestructura del conjunto, sus instalaciones, la huerta y los servicios básicos dependían de Adelino y del activo grupo femenino que lo acompañó en tan ambicioso empeño. Los fieles asiduos al templo dan fe de ello, y las vecinas inmediatas recordamos a un diligente Adelino quien en plena noche, durante una inesperada tormenta de verano, se dirigió al convento para cerrar una ventana.

Conmoción vecinal
Pero una vez más la vida desatenta priva a la comunidad de uno de los suyos. La noticia de su muerte conmovió a sus vecinos quienes atónitos preguntaban: ¿Adelino… el de San Francisco…? Su concurrido funeral se ofició en la iglesia de los frailes (circunstancia reservada para los religiosos) y en la misa, concelebrada por los párrocos locales y los priores de la orden desplazados desde distintos conventos, quedó patente junto con su dolor el agradecimiento por su desinteresada entrega a una labor que no supo de horarios ni vacaciones. Asimismo  sus compañeros Livia y Joaquín, desde la cercanía glosaron, con sentidas palabras, su amistad y bonhomía. Particularmente quiero agradecer su disposición para enseñar la iglesia, que mostraba con orgullo explicando sus pormenores, tanto a propios como a forasteros.

Abusando de su amabilidad le manifesté el pasado diciembre mi deseo de subir al campanario de San Francisco, el único de Ribadavia al que por cuestiones de sexo, ya que entonces el género femenino tenía prohibido traspasar la clausura, no pude acceder. Cuando me dijo que escogiera la fecha, le hablé de mi temor a los ratones y me contestó divertido que estaban “exclaustrados”; le pregunté también por la perspectiva que se contempla desde lo alto y resumió rotundo: vese todo Esposende.

Habíamos quedado junto con un pequeño grupo, para esta primavera; será ahora su querida Manolita quien nos acompañe. Allí junto a las campanas que tanto dobló en su vida, y a las que Rosalía dedicó estos versos tristes y hermosos, con la vista hacia su Esposende recordaremos con nostalgia y agradecimiento al guardián del convento: Adelino de san Francisco. Si por siempre enmudecieran, ¡qué tristeza en el aire y en el cielo!, ¡qué silencio en las iglesias! ¡qué extrañeza entre los muertos!