Terapia antisoledad en el convento

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Un franciscano intenta en Betanzos una experiencia comunitaria con personas que viven solas.

Son las diez de la mañana y el comedor del convento de San Francisco se ha llenado de gente. El espacio permanece vacío durante toda la semana, pero el lunes se convierte en el eje del sueño del padre Lista, un franciscano inquieto que pensó que si disponía de un convento desocupado y de un entorno social gravemente afectado por la soledad, igual podía combinar ambas cosas para hacer un bien. Ya lo vio en Italia, en una experiencia con toxicómanos: «Aquí el problema no son las drogas, es la soledad». La idea es crear una comunidad en la que la gente se autoacompañe, se implique en pequeñas tareas, se ayude, se tengan los unos a los otros. El franciscano, que prefiere la palabra «familia», también se da cuenta de que, de momento, a la iniciativa le está costando arrancar.

Hoy somos una docena y pico en el bullicioso comedor, aunque pocos son los que se han unido al proyecto a nivel de usuario. La mayoría son señoras de edad a las que el padre Lista llama «colaboradoras». Le ayudan haciendo de puente con aquellos vecinos que sí están solos y podrían cimentar esta singular familia que el franciscano quiere crear. Juan es uno de ellos. Tiene 54 años, está soltero y confiesa que es «algo retraído, solitario». No suele ir al bar, sale poco, si acaso al club de ajedrez. Hoy es su segundo lunes. El primero le gustó, le pareció una buena idea: «Yo vivo solo, me siento solo, pero la mayoría de las veces no supone para mí ningún problema», dice. Participa poco en las charlas que se cruzan mientras la gente desayuna. Prefiere observar.

Fernando es más parlanchín. Tiene 59 años. Se califica, no sin cierto humor, como «desahuciado laboral» y se queja de vivir en un entorno «onde as linguas saen a pacer enseguida, moitas veces sen saber e sen interese en coñecer». Pero él ya ha roto esa primera barrera de vergüenza: «Vivir só ten vantaxes e inconvenientes. Pero, a medida que te vas facendo maior, pesan máis os segundos, botas de menos o calor humano». He aquí la diana perfecta del proyecto, cuyo promotor entra y sale, se sienta a la mesa y dinamiza la charla antes de salir de nuevo para atender a unos turistas que quieren conocer la iglesia de San Francisco.

Una residencia, no

En la mesa, los brazos se cruzan igual que las conversaciones. Cogen pan, galletas, café, algunas pastas… El plan es empezar por aquí, por los desayunos. A medida que la gente vaya cogiendo confianza, más actividades. Pero nada de ponerse a ver la tele o a jugar a las cartas: «Sino tendríamos otra residencia», dice el padre Lista. Y eso no responde a la familia que imagina el franciscano.

«No, no está siendo fácil», admite Antía, la trabajadora social, que forma parte de este singular desayuno. Llevan varias semanas divulgando la idea por el concello de Betanzos y otros limítrofes, pero las cosas van despacio. Tal vez porque la soledad peor entendida es cosa de hombres: «Hay estudios que lo confirman, los hombres solos pierden antes sus habilidades sociales, son más dependientes. Ellas salen mejor del problema», añade. De hecho, ninguna de las alegres señoras que toman café en esta mesa está realmente sola. Pilar tiene 71 años, es viuda y vive con uno de sus hijos: «Hay mucha gente que está sola y venir aquí a pasar un par de horas supone estar en otro ambiente», dice. Pero añade que la gente que podría beneficiarse de esta idea se muestra reacia a participar: «Son algo desconfiados». Nadie dijo que fuera fácil. A la familia del padre Lista le queda aún algo de camino por recorrer. El franciscano muestra las dependencias del convento, impolutas, solitarias. «Podemos hacer muchas cosas», concluye. Entusiasmo le sobra. Y solitarios, también. Solo hace falta romper el hielo. Han empezado con los desayunos, pero no se van a quedar ahí. Seguro.

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