500 años del Cardenal Cisneros

   El próximo 8 de noviembre se cumple un aniversario histórico para la historia de España: el Centenario de la muerte del cardenal Cisneros, personaje fundamental de nuestra historia.

VIR21876[1]  En Sigüenza se acaba de prorrogar hasta diciembre la exposición Cisneros: de Gonzalo a Francisco que, desde el pasado mayo, se puede ver en la catedral, el Museo Diocesano y el casco antiguo de la ciudad. Los promotores de la muestra han querido poner de relieve la relación de Cisneros con Sigüenza y la provincia de Guadalajara, recordando que fue sucesivamente arcipreste de Uceda, capellán mayor y canónigo de la catedral de Sigüenza y franciscano observante en el convento de La Salceda de Tendilla. Junto a algunos lugares de la catedral, ligados al paso de Cisneros (el coro, la Capilla del Doncel, el Púlpito de la Epístola, la Portada de la Capilla de la Anunciación o la Puerta de la Cadena), se pueden ver trajes y otros objetos de época en otras zonas de la catedral. En el Museo Diocesano se exhiben una serie de obras propias o traídas ex profeso para la exposición. El Ayuntamiento, por su parte, ha elaborado una Ruta de Cisneros.

El pasado día 17 se inauguró en la Universidad de Alcalá de Henares otra exposición: Cisneros, hombre de Iglesia, hombre de Estado, organizada por la universidad y Acción Cultural Española y compuesta por una serie de grandes paneles que recorren su polifacética vida. Como reza su epitafio en la Capilla de San Ildefonso: “Fui fraile, capitán, obispo y cardenalicio padre. Es más, gracias a mi firmeza, se unió a la cogulla la corona cuando, gobernando como rey, me obedecía España”. Todo eso fue el que, por su preeminencia entre sus pares, fue conocido como “el cardenal de España”.

Un acercamiento a esa vida larga, compleja y contradictoria puede hacerse en la novela de Pedro Miguel Lamet (El tercer rey, La Esfera de los Libros) que ha sido recientemente presentada por el cardenal Carlos Osoro, arzobispo de Madrid. El título de la novela se justifica porque Cisneros, que vivió en la época de los Reyes Católicos llegó a ser, de facto, el tercer rey de aquella España incipiente, tras Isabel y Fernando. “Me gusta hablar sobre personajes de ayer que enseñan mucho sobre los de hoy”, dijo en la presentación Lamet, para quien “el cardenal Cisneros ilumina la función del político actual”. En esa apreciación no está sólo el novelista. Entre los estudiosos, es muy mayoritaria, si no unánime, la convicción de que Cisneros fue un precursor, con una idea del Estado como institución al servicio de la función pública, en una época en que estos servidores públicos lo eran más del rey que del Estado.

Lamet, que recurre al clásico relato retrospectivo, partiendo del momento en que un moribundo Cisneros, llevado en parihuelas, acude a recibir al joven Carlos que viene a ocupar el trono (o los tronos) de España, pone el acento en lo complejo y contradictorio de una trayectoria que, en la novela, rememora su secretario, Francisco Ruiz. “Era un personaje raro, le tocaron tiempos muy recios y fue muy duro. Por eso nunca prosperaron los intentos para beatificarlo”, dijo Lamet, que añadió: “Cisneros es un personaje que suscita toda suerte de tópicos, pero fue un hombre íntegro, un personaje cautivador, que provoca fascinación y rechazo. Es, en sí mismo, un personaje de novela, incansable trabajador, apenas comía y apenas dormía. Después de estudiar todo lo que se ha escrito sobre él, sigo sin conocerlo”.

Los intentos para beatificarlo no prosperaron, como dice Pedro Miguel Lamet. Pero el caso es que, durante mucho tiempo después de su muerte, aquí se le vio más como hombre de iglesia y presunto santo que como el político que también fue. En Francia, sin embargo, como ha contado, por ejemplo, el historiador Joseph Pérez, autor de una biografía del cardenal, fue puesto como modelo de político, por encima incluso de Richelieu (el chovinismo no funcionó por una vez). “Richelieu remedó lo que hizo Cisneros sin llegar a lo que él llegó; y Talleyrand lee la biografía de Cisneros para aprender el oficio de hombre de Estado”, ha dicho Joseph Pérez.

Religioso y político, fue también militar, místico y promotor y editor de una obra símbolo del humanismo español, la Biblia Políglota Complutense. Nacido en Torrelaguna en 1436, se hizo sacerdote tras estudiar Derecho. Se sabe poco de las primeras décadas de su vida. Un hecho esencial tuvo lugar en 1484, cuando él se acercaba a la cincuentena. Ese año experimentó una suerte de conversión que le hizo abandonar el trabajo jurídico y entrar en la orden franciscana, concretamente en la rama más estricta. Tomó el nombre de Francisco, dejando el suyo de Gonzalo, y adoptó una vida acorde a su nuevo estado, de pobreza, austeridad y espiritualidad.

Esa vida no le impidió un imparable ascenso. En 1492 es nombrado confesor de la reina Isabel. En 1495, arzobispo de Toledo; regente en 1506 con motivo del inesperado fallecimiento de Felipe I (el Hermoso, para entendernos), e inquisidor general y cardenal al año siguiente. El carácter contradictorio, señalado por todos los que se han acercado a su figura, es patente a la vista de estos datos. No buscó esos cargos políticos, su vocación seguía siendo la de un seguidor del poverello de Asís. Pero, como escribe Joseph Pérez, “dio la impresión de que el mando supremo le correspondía como si hubiera nacido para ejercerlo”.

Y por cierto que lo ejerció a fondo. Empeñado en cristianizar a la población de la Granada recién (re)conquistada, su actitud de dureza -especialmente contra los cristianos pasados al islam, los llamados elches- provocó una rebelión morisca. Nombrado capitán general de la expedición a Orán de 1509 (Cisneros asumió la política expansiva de la corona de Castilla), la preparó como un verdadero profesional, reclutó un ejército a sus expensas y, una vez tomada la ciudad, entró en ella con la espada encima del hábito franciscano. Y en sus últimos años, siendo de nuevo regente a la muerte de Fernando el Católico, reprimió con dureza las revueltas que surgieron.