“El Camino es escuela de valores y fuente de sabiduría”

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Entrevista en http://www.21rs.es/es/revista-21/1697. Año 2012

Este franciscano compostelano (1971) nacido en el barrio de San Pedro ha hecho de la acogida y la hospitalidad un modo de vida. Rector del convento de la orden en Santiago, que sirve de albergue a tantos peregrinos, y fundador a su vera del Hogar de Espiritualidad, ha recibido varias distinciones por su promoción del Camino y los valores que encierra. Recorriendo varias veces la vieja ruta jacobea descubrió su vocación de servicio a los más desfavorecidos y su profundo amor por la naturaleza, que compatibiliza con su pasión comunicadora al frente del programa de Radio Galega Día Santo y escribiendo libros. Porque, afirma quien se denomina peregrino en búsqueda, “existir es comunicar”.

Estos días recibe a muchos peregrinos en Santiago de Compostela. ¿Qué aprende de ellos y de sus distintas experiencias del Camino?
Mi vida está muy vinculada al Camino y por tanto a los peregrinos y peregrinas que vienen caminando a mi ciudad natal. En el Camino (o mejor, en los distintos caminos, puesto que existen varias rutas) hay mucha gente en búsqueda, ansiosa por descubrir el sentido de la vida a fuerza de caminar –todo un símbolo de lo que la vida misma es–. En realidad hay tantos caminos como personas jacobípedas, ya que cada persona, con su historia, es única e irrepetible, pero sin duda la experiencia de peregrinación enriquece humanamente a quien la realiza, y a quienes tenemos el privilegio de salirles al encuentro cuando llegan a la ciudad que es meta, sueño, deseo, esperanza…

¿El Camino es siempre una metáfora de la vida?
Sí, sin duda, porque la vida misma es como una peregrinación, un avanzar aunque no siempre todo lo que se desea, porque al igual que en los senderos del Camino de las estrellas hay dificultades (cuestas, piedras, ampollas, dolor…) no menos las encontramos en este don y tarea de existir. A la persona que peregrina le mueve siempre la esperanza de llegar, tiene un ideal por el que ponerse en marcha cada día. Así ha de ser en la vida misma.

¿Se siente aún como un peregrino, siempre en búsqueda?
Me gusta definirme como franciscano y peregrino, porque creo que nunca alcanzamos del todo aquello que buscamos y que orienta nuestros pasos (la felicidad, la paz, el amor…), de ahí que siempre esté con el corazón despierto atisbando nuevos horizontes que den sentido a mi vida, y así –si puedo– ayudar también a otros peregrinos de la vida a dar sentido a su propio caminar.

¿Hemos dejado de buscar lo que de verdad importa, enredados con la prima de riesgo y las cotizaciones en bolsa?
A mi modo de ver nos hemos extraviado vitalmente. Nos hemos dejado seducir por el diablo del egoísmo que es padre de todos los males y lo suficientemente inteligente como para hacernos creer que hay que buscar el poder a toda costa, y, ¡claro!, el dinero es el pasaporte directo para abrir casi todas las puertas. Casi todas, porque afortunadamente hay una tan íntima que nadie puede abrir: la del propio corazón del ser humano. Hay cosas tan espirituales que no podemos apropiárnoslas: el amor, la esperanza, la amistad, la paz, la justicia, la fe… Por mucho que los poderes de este mundo lo pretendan. Estos valores jamás cotizarán en la bolsa mercantilista, pero ojalá sí coticen en el alma de cada ser humano.

En su último libro, Cartas para encender linternas (Paulinas), propone algunas virtudes olvidadas para encontrar la senda de la verdadera felicidad. 
Es un libro a medias con mi amiga Carmen Guaita, cartas en las que dialogamos sobre la vida en su dimensión más profunda, más bella, más esperanzadora. Echamos un vistazo al mundo, y sin negar su parte negativa, apostamos por una cultura de la solidaridad, recuperando algunos valores o virtudes un tanto defenestrados como pueden ser la amistad, la bondad, el compromiso, la paz, la esperanza…

¿Hacer el Camino ayuda a descubrirlos y cultivarlos? 
Sí, el Camino es una escuela de valores, más aún, es una fuente de sabiduría, la que brota del auto-conocimiento, del desprenderse de lo superficial para quedarse con lo esencial, del contacto con la naturaleza, y del encuentro con los demás. El valor máximo es la vida, lógicamente, pero el sentido de la misma es el amor (el verdadero, el altruista, no la mera querencia). Y si Dios es amor, está claro que si amamos somos divinos. El Camino puede llegar a divinizarnos, a ayudarnos a recuperar nuestro yo más espiritual y altruista.

¿Ha encontrado su propio camino vital en la orden franciscana?
El franciscanismo es mi familia religiosa de referencia, es una forma de ser y estar en el mundo, una filosofía humanista y teológica. Si me preguntas por qué soy franciscano te diré que por Francisco de Asís, por su forma de entender la vida en clave evangélica, por su compromiso con los últimos, y por haber captado la onda de Dios interpretando la sinfonía del amor.

¿Qué ofrece el Hogar de Espiritualidad San Francisco de Asís a quienes se acercan a Santiago?
Tratamos de ofrecer una especie de oasis de espiritualidad y fraternidad a los peregrinos/as que llegan a la ciudad, privilegiando la hospitalidad cristiana y creando una atmósfera de paz. El momento culminante de la jornada es la oración por la paz, en medio de la noche, que resulta ser un momento intensamente espiritual y fraterno, que hace mella en muchos participantes.

¿En el camino nos encontramos todos, al margen de las creencias, las vivencias, las ideologías?
Una de las grandes riquezas del Camino radica en que efectivamente confluyen personas de diversos orígenes (los cinco continentes) y creencias. Es la expresión viva de cómo lo plural puede comportar también armonía. En el Camino se descubre que el ser humano está hecho de la misma materia, y siente y padece de la misma manera, aún cuando lo pueda expresar en distintos idiomas. El Camino iguala en dignidad ya que solo hay una identidad: ser peregrino/a caminando, cada cual con libertad, hacia un mismo destino final que se entiende como un gozo, como una conquista, como una liberación, como la plenitud.

¿Y atisba luz al final de ese camino, pese a la desesperanza que nos gobierna?
Siempre, aunque tomando el pulso a la situación actual, sobre todo en el contacto con la gente que está padeciendo de manera más dramática la crisis, me asusto, porque la desesperación deshumaniza y destruye. Por eso sólo nos queda afianzarnos en la esperanza y llevar a la práctica el amor siendo solidarios, recuperando los valores humanos más loables que son los que nos pueden sacar del atolladero. Estos valores son las flechas amarillas que nos ayudarán a recuperar el sentido de la orientación (de igual manera que estas flechas son las que indican la dirección a los peregrinos, en pleno Camino). Puede ser que el egoísmo rija ahora mismo los destinos del mundo, pero el amor es lo que realmente lo sustenta. Si inclinamos la balanza hacia el amor no habrá crisis que se nos resista. •