VIVIR EL CARISMA FRANCISCANO SEGLAR EN EL MUNDO DE HOY 40 años después de la Seraphicus Patriarca

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SEDUCIDOS POR DIOS, BUSCADORES DE CRISTO

Los Franciscanos seglares y su relación con Dios

Fr. Amando Trujillo Cano, TOR

¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! (Jer 20,7a)

La Orden Franciscana Seglar celebrará este año su XV Capítulo General Ordinario, del 4 al 11 de noviembre, en el Colegio Seráfico, en Roma. El tema general del Capítulo será: “Así como tú me enviaste al mundo, yo también los envío al mundo” (Jn 17,18), y el subtítulo: “Animar y guiar a la OFS en el mundo de hoy”. En sintonía con esta temática, los Asistentes espirituales generales OFS-JuFra escogimos como tema general para el boletín de este año: “Vivir el carisma Franciscano seglar en el mundo de hoy”: 40 años después de la Seraphicus Patriarca. Nuestra intención es la de colaborar con la reflexión en torno a dicho evento tan importante para la vida y la misión de la OFS y, en cierto modo, para la JuFra. He aquí los temas y el nombre del Asistente responsable de preparar cada uno de ellos:

    • Koinonia 2017-1: “Seducidos por Dios, buscadores de Cristo” (cfr. Jer 20,7; Regla OFS 5): Los Franciscanos seglares y su relación con Dios – Fr. Amando Trujillo Cano, TOR.
    • Koinonia 2017-2: “El Señor me dio hermanos y hermanas” (cfr. Test. 14): Los Franciscanos seglares y el don de la fraternidad – Fr. Binoy Thomas, OFMConv.
    • Koinonia 2017-3: “Enviados como testigos e instrumentos” (cfr. Regla OFS 6): Los Franciscanos seglares en la Iglesia y en el mundo – Fr. Francis Dor, OFMCap.

 

  • Koinonia 2017-4: “Id con valentía. Con el Evangelio en el corazón y entre las manos” (cfr. Palabras del Santo Padre Francisco, Encuentro con los jóvenes de Umbría, Visita Pastoral a Asís, 04/10/2013): Los jóvenes Franciscanos en el mundo – Fr. Pedro Zitha, OFM.

 

Introducción

En este primer número del año, se ha querido reflexionar sobre la relación fundante de toda vocación cristiana y franciscana: la que nos une a Dios – Padre, Hijo y Espíritu Santo. Además, nos ha parecido conveniente titular este artículo a partir de dos frases que corresponden a las dos dimensiones de dicha relación, es decir, la iniciativa de Dios – que se nos manifiesta y nos llama a conocerlo y amarlo – y la respuesta humana desde la fe en Cristo, revelación del Padre, a quien Francisco de Asís siguió apasionadamente.

Para sintetizar y expresar vivamente la primera dimensión, nos ha parecido muy sugerente la siguiente frase del profeta Jeremías (s. VII-VI a.C.): «¡Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir! ¡Me has forzado y has prevalecido!» (Jer 20,7). Esta frase célebre del profeta nos describe su experiencia de fe como una interacción entre el amor “seductor” de Dios, que conquistó su corazón, y la libertad humana, que inicialmente se resistía a entrar en comunión con él, pues ésta es, por un lado, bella y profunda y, por otra parte, implica el compromiso fiel ante las adversidades. El Vaticano II nos recuerda que la iniciativa divina es el factor originario y final de toda relación entre Dios y el ser humano:

La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios. Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con Dios. Existe pura y simplemente por el amor de Dios, que lo creó, y por el amor de Dios, que lo conserva. Y sólo se puede decir que vive en la plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador. Muchos son, sin embargo, los que hoy día se desentienden del todo de esta íntima y vital unión con Dios o la niegan en forma explícita. Es este ateísmo uno de los fenómenos más graves de nuestro tiempo. Y debe ser examinado con toda atención.

En cambio, para expresar el núcleo de la segunda dimensión de la relación con Dios – la respuesta humana a la “seducción divina”–, hemos tomado una frase inspirada en la Regla de la OFS que señala la centralidad que tiene la búsqueda de Cristo en la vida y la espiritualidad de los hermanos y hermanas de la OFS:

Por tanto, los Franciscanos seglares, busquen la persona de Cristo viviente y operante en los hermanos, en la Sagrada Escritura, en la Iglesia y en las acciones litúrgicas. La fe de San Francisco al dictar estas palabras: «Nada veo corporalmente en este mundo respecto del Altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y sangre», sea para ellos la inspiración y camino de su vida eucarística (Regla OFS, 5).

Este número lo comentaremos más adelante en el punto dedicado a la Regla de la OFS. Antes de ello, se presentarán unas breves consideraciones sobre el modo en que la relación con Dios está descrita o implícita al inicio del Testamento de Francisco de Asís y en su Carta a los fieles I. Somos conscientes del gran reto que implica presentar este tema en pocas páginas y, por lo tanto, no pretendemos hacer un examen exhaustivo de todos los elementos que consideraremos, sino sólo una síntesis que ayude a señalar los aspectos más relevantes del tema. Además, la relación de los Franciscanos seglares con Dios también se expresa y desarrolla a través de otras mediaciones, como son la música, la pintura, la poesía, la danza, la liturgia, la vida de cada fraternidad y la experiencia de los santos y beatos terciarios seglares que han embellecido el rostro de la Orden en sus ocho siglos de vida.

 

  • El comienzo de la conversión de Francisco de Asís

 

La experiencia de Dios que tuvo el poverello ha sido analizada en innumerables obras y sería imposible resumirla en pocos renglones. Por lo tanto, aquí queremos señalar sólo un aspecto de esa experiencia de fe, que él mismo describió en su Testamento, escrito hacia el final de su vida, al narrar el inicio de su vida de penitencia o conversión evangélica:

El Señor de esta manera me dio a mí, Fray Francisco, el comenzar a hacer penitencia: porque, como estaba en pecados, me parecía extremadamente amargo el ver a los leprosos, y el Señor mismo me condujo entre ellos e hice misericordia con ellos. Y apartándome de ellos, aquello que me parecía amargo se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo; y después me detuve un poco y salí del siglo.

En estas primeras líneas de su Testamento, Francisco indica claramente varios elementos de su experiencia de fe:

  • Fue Dios quien tuvo la iniciativa de llamarlo personalmente a la vida penitencial
  • Francisco confiesa su inicial condición pecadora que le hacía sentir gran amargura, o repugnancia, al acercarse a los que sufrían la horrible enfermedad de la lepra, con todas sus implicaciones, no sólo a nivel físico, sino también espiritual, sicológico y social
  • La penitencia que el Señor le llamó a hacer comenzó con la práctica de la misericordia para con quienes padecían dicha enfermedad en los márgenes de la sociedad
  • La experiencia de “hacer” misericordia transforma toda su ser, conoce la dulzura de alma y cuerpo, es decir, marca el inicio cierto de su conversión progresiva y permanente al Señor
  • Salir del siglo, no implicó para Francisco ingresar a un monasterio o desentenderse de lo que sucedía a su alrededor, sino más bien, dejar la condición pecadora que le impedía abrirse al sufrimiento ajeno para emprender una vida evangélica en fraternidad y generadora de fraternidad, al estilo de Jesús y sus apóstoles

Esta experiencia originaria marcó el arranque de la conversión de Francisco y fue sucitada por el Señor, no en un ámbito litúrgico o en un recinto religioso, sino en la inmediatez del dolor y la marginación del prójimo. Este hecho tiene un valor peculiar para los Franciscanos seglares, llamados «a construir un mundo más fraterno y evangélico» (Regla OFS 14).  

 

 

  • Carta a los fieles  I [EpFid I/1CtaF]

 

La Carta a los fieles de Francisco de Asís es el texto que mejor nos permite vislumbrar los contenidos de su predicación penitencial y evangélica. De ella se conocen dos versiones, una más breve, llamada Carta a los fieles I (primera redacción), o Códice de Volterra, y una más amplia y desarrollada, conocida como Carta a los fieles II (segunda redacción). Aquí nos enfocaremos en la Carta a los fieles I, que ha sido considerada por algunos estudiosos, sin que haya un acuerdo general al respecto, como el primer esbozo de normas escritas que Francisco de Asís dio a los hermanos y hermanas de la Penitencia, es decir, como su “regla primitiva”. El título que esta carta presenta en el manuscrito de Volterra dice: «Estas son palabras de vida y de salvación: quien las leerá y pondrá en práctica encontrará la vida y alcanzará la salvación del Señor». Y la primera parte de la carta se intitula: «De los que hacen penitencia». Como sabemos, esta carta está incluida en su totalidad como prólogo de la Regla de la OFS.

Nos interesa señalar aquí sólo dos puntos sobresalientes de la identidad «de los que hacen penitencia», según la Carta a los fieles I, en su relación con Dios. En primer lugar, Francisco describe cinco acciones que reflejan su manera de entender la identidad básica de los penitentes. Es interesante notar que estos cinco verbos marcan un camino penitencial que tiene como punto de partida el amor a Dios y al prójimo, señalado por Jesús como el mandamiento más importante de todos, pasando por el rechazo radical a la tendencia al pecado de la naturaleza humana caída y la unión sacramental con Cristo, hasta llegar a concretarse en «frutos dignos de penitencia». Es decir, el punto de partida y la esencia de la vida pentiencial no son para Francisco las prácticas de mortificación o devocionales, sino el amor evangélico que vence al egoísmo y nos introduce a la comunión vital con Cristo, generando signos de una verdadera conversión a Él.

En segundo lugar, Francisco proclama bienaventurados y benditos en gran medida a quienes hacen y perseveran en «tales cosas». Los que han iniciado este camino de conversión evangélica a partir de la experiencia del amor de Dios, han comenzado ya a vivir la verdadera felicidad, puesto que han entrado en una vida de comunión profunda y “familiar” con el Dios trinitario: «descansará sobre ellos el espíritu del Señor (cfr. Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada (cfr. Jn 14,23), y son hijos del Padre celestial (cfr. Mt 5,45), cuyas obras hacen, y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cfr. Mt 12,50)». Francisco prosigue describiendo con cierto detalle lo que implica esta comunión con cada persona de la Trinidad y el excelso valor que dicha comunión tiene.

 

  • La Regla de la Orden Francicana Seglar
  • Una fe Cristocéntrica

 

La Regla de la OFS, promulgada por el Papa Pablo VI el 24 de junio de 1978, con la carta apostólica Seraphicus patriarca, muestra la dimensión Cristocéntrica como el rasgo más sobresaliente de la relación de los Franciscanos seglares con Dios. Sin embargo, también presenta elementos importantes de la relación viva y profunda que los hermanos y hermanas de la OFS están llamados a vivir y nutrir con el Espíritu Santo y con Dios Padre. En este orden se presentarán a continuación estas tres dimensiones, de las que se han intentado distinguir varios niveles o aspectos.

Una opcion fundamental de vida. La Regla señala desde su inicio que la familia Franciscana tiene su identidad esencial en el seguimiento de Cristo, vivido «tras las huellas de San Francisco de Asís» (n. 1). De hecho, afirma claramente que la «Regla y la vida de los franciscanos seglares es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo siguiendo el ejemplo de San Francisco de Asís, que hizo de Cristo el inspirador y centro de su vida con Dios y con los hombres». Cristo es al mismo tiempo «don del amor del Padre» y «Camino hacia Él». Por todo esto, se les exhorta a la lectura asidua del Evangelio, para pasar de éste «a la vida y de la vida al Evangelio» (n. 4). Asumir esta opción fundametal de vida, significa que los Franciscanos seglares han de buscar al Cristo vivo en los diversos ámbitos de su existencia: en los hermanos, en la Sagrada Escritura, en la comunidad de fe, incluyendo sus celebraciones litúrgicas, y han de orientar su vida eucarística a partir de la fe de San Francisco, quien tenía en grandísima estima el cuerpo y sangre del «Altísimo Hijo de Dios» (n. 5).

Conformación a Cristo. Partícipes del Misterio pascual de Cristo por el bautismo, los Franciscanos seglares han de anunciar al Resucitado «con la vida y con la palabra» (n. 6). La conversión evangélica a la que están llamados como «hermanos y hermanas de la penitencia» consiste en la conformación radical y continua de la mentalidad y del actuar a Cristo (cfr. n. 7). Además, Jesucristo orante es su modelo para hacer «de la oración y de la contemplación el alma del propio ser y del propio obrar» (n. 8). Están llamados a asociarse a la obediencia redentora de Jesús desde su condición de seglares y a confesar a Cristo, pobre y crucificado, siguiéndolo fielmente «en las dificultades y persecuciones» (n. 10).

Repercusiones en la vida secular. Cristo pobre y humilde es también la motivación para que los Franciscanos seglares busquen «una justa relación con los bienes terrenos» en el desapego y la simplicidad, como «administradores de los bienes recibidos» (n.11). Han de saber acoger a todas las personas «como don del Señor e imagen de Cristo» y han de hacerse hermanos de todos, especialmente de los más humildes, creando para ellos «condiciones de vida dignas de criaturas redimidas por Cristo» (n. 13). El seguimiento de Cristo es también camino de humanización e implica el cumplimiento de los deberes propios con competencia y «espíritu cristiano de servicio» (n. 14). La vivencia familiar y matrimonial han de ser signos de la renovación universal de Cristo y de su amor a la Iglesia (cfr. n. 17). Asumen serenamente la llegada de la Hermana Muerte como «el encuentro definitivo con el Padre» pues están «injertados en la resurrección de Jesucristo» (n. 19).

 

  • Bajo el impulso del Espíritu Santo

 

Interacción fecunda y continua. La Regla comienza señalando la presencia activa del Espíritu Santo en la Iglesia, suscitando en ella familias espirituales, incluida la familia Franciscana, la cual comprende a «seglares, religiosos y sacerdotes» (n. 1). Más adelante, al hablar de los hermanos y hermanas que forman parte de la Orden Franciscana Seglar en todas las fraternidades del mundo entero, la Regla afirma que ellos son «impulsados por el Espíritu a alcanzar la perfección de la caridad en su estado seglar» (n. 2), es decir, los impulsa a vivir la santidad. El Espíritu Santo es también quien introduce a los creyentes en la Verdad, que es Cristo (cfr. n. 4). Esta frase está basada en dos versículos del Evangelio de Juan: 14, 6 y, más específicamete, 16,13: «Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo». A partir de estas referencias podemos decir que la Regla describe la relación de los Franciscano seglares con el Espíritu Santo en una interacción fecunda y continua que arranca desde el origen mismo de la familia espiritual Franciscana, prosigue introduciendo a los hermanos y hermanas en la Verdad, que es Cristo, y se prolonga impulsándolos a buscar la plenitud de la caridad – la santidad – en su condición seglar.

Fuente de bendición. La Regla concluye retomando la primera parte de la bendición que Francisco colocó al final de su Testamento, refiriéndose al Espíritu como fuente de bendición terrena, junto al «amado Hijo» del Padre, para quien guarde «estas cosas». Francisco califica al Espíritu con dos adjetivos: santísimo y Paráclito. El superlativo de santo corresponde al estilo de expresión típico de Francisco, que subraya la trascendencia de Dios respecto a las creaturas; mientras que el título de Paráclito – del griego parakletos: el que es «llamado al lado de» (para-kaleo; ad-vocatus) – retoma el uso que el Evangelio de Juan hace de este calificativo aplicándolo al Espíritu que Jesús promete a sus discípulos (cfr. Jn 14,16.26; 15,26; 16,7), y que ha sido traducido en formas diversas: “abogado”, “defensor”, “maestro”, “ayudante”, “consolador”. El “epílogo” de la Regla retoma la bendición de Francisco: el Espíritu de la más alta santidad acompaña y defiende ante las adversidades de la vida al Franciscano seglar que es fiel a la Regla que ha profesado vivir.

 

  • Un Padre misericordioso

 

Gratuidad desbordante. La Regla presenta a Dios como un Padre que otorga dones a sus hijos. El don más excelso de su amor es Cristo, camino hacia el Padre y portador de vida abundante (cfr. n. 4), el «Altísimo Hijo de Dios» (n. 5). Todas las personas son también un don del Señor e imagen de Cristo y, por ello, los Franciscanos seglares han de acogerlas «con ánimo humilde y cortés», así como el Padre ve en cada persona «los rasgos de su Hijo» (n. 13). En esta lógica, se exhorta a los Franciscanos seglares a considerar también el trabajo como «don de Dios» que les permite participar «en la creación, redención y servicio de la comunidad humana» (n. 16). Finalmente, la bendición de Francisco ya citada antes, tomada del Testamento y que aparece como “epílogo” de la Regla, pide para quien guarde «estas cosas» que «en el cielo sea repleto de la bendición del altísimo Padre». La gratuidad desbordante de Dios se manifiesta en los dones descritos en la Regla: Cristo, las personas, el trabajo y la bendición celeste. Cada uno de estos dones implica una respuesta adequada de parte de los beneficiarios.

Sacramentalidad y vida orante. En respuesta al Padre que otorga estos dones a sus hijos, la Regla exhorta a los Francsicanos seglares a participar activamente de la vida sacramental y litúrgica de la Iglesia y a asumir una vida orante. Así, mientras se empeñan en vivir la conversión diaria, central a su vocación de «hermanos y hermanas de la penitencia», la Regla invita a los Franciscanos seglares a participar del Sacramento de la Reconciliación que «es signo privilegiado de la misericordia del Padre y fuente de gracia» (n. 7). Además, la oración y la contemplación – también centrales a su vocación penitencial – han de ser el alma de su ser y obrar, a imitación de Jesucristo «verdadero adorador del Padre». Igualmente, han de participar de los sacramentos de la Iglesia, «especialmente de la Eucaristía», y en otras formas de oración litúrgica de la Iglesia (cfr. n. 8).

Más repercusiones en la vida secular. De esta relación con el Padre misericordioso se derivan también consecuencias en los diferentes ámbitos de la vida de los Franciscanos seglares. Así, el fiel cumplimiento de sus deberes propios es también un signo de su acatamiento de la voluntad del Padre, «asociándose a la obediencia redentora de Jesús» (n. 10). Según el ejemplo de pobreza y humildad de Cristo y de María, los Franciscanos seglares han de fungir como «administradores de los bienes recibidos, en favor de los hijos de Dios», purificando «el corazón de toda tendencia y deseo de posesión y de dominio, como “peregrinos y forasteros” en el camino hacia la casa del Padre» (n. 11). La libertad para amar a Dios y a los hermanos la obtendrán con «la pureza de corazón», que están llamados a buscar, mientras dan testimonio de los bienes futuros (cfr. n. 12). Están también llamados a edificar el Reino de Dios mediante la construcción de «un mundo más fraterno y evangélico», en colaboración con «todos los hombres de buena voluntad» (n. 14). Así mismo, han de respetar «las otras criaturas, animadas e inanimadas», pues «son portadoras de la significación del Altísimo» (n. 18). Finalmente, son invitados a tender con serenidad al encuentro definitivo con el Padre, conscientes del verdadero sentido de «la Hermana Muerte» (n. 19).

Conclusiones

El recorrido realizado en este breve artículo nos ha llevado a subrayar algunos elementos que parecen significativos para reflexionar sobre la relación con Dios que los Franciscanos seglares están llamados a cultivar y desarrollar. Por razones de espacio y tiempo, nos hemos detenido sólo en el inicio de la conversión de Francisco según su Testamento, pasando por dos elementos de la Carta a los fieles I que, en cierto modo, nos sirvieron de introducción a la síntesis que hemos hecho de la experiencia del Dios trinitario que la Regla Paulina propone abrazar a los Franciscanos seglares. Esperamos que esta reflexión sea útil a los hermanos y hermanas que han sido llamados a vivir el carisma penitencial franciscano en la Orden Franciscana Seglar en su búsqueda del Dios vivo, que se ha revelado plenamente en su Hijo Jesucristo y sigue acompañando e impulsando a su Iglesia por medio del Espíritu Santo, quien ha suscitado y sostiene la vocación Franciscana en cada uno de nosotros.