Carta por la Pascua del Ministro General. 2017

«Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él» (Rm 6,8-9).

Queridos hermanos y amigos:

¡Aleluya!
En el memorial de la Pascua celebramos los acontecimientos de la vida, pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Como las piadosas mujeres, junto  a la cruz de Jesús agonizante y primeras testigos de su resurrección, también nosotros vislumbramos en los acontecimientos pascuales una nueva esperanza de vida que surge para el mundo, para este mundo desgarrado por las divisiones y conflictos, para este mundo que Dios ha escogido amar incondicionalmente (Jn 3,16). En la resurrección, el poder del amor vence y supera todos los males.

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Nosotros somos creyentes y seguidores de Jesús dando una visión alternativa de la vida, una manera alternativa de vivir en este mundo, guiados por el Espíritu de Dios. Recordamos que este mismo Espíritu estaba presente cuando Dios creó el mundo, así como en el evento de la anunciación a María, la Madre de Jesús, y en el nacimiento del Mesías. Es el Espíritu de Dios el que acompaña a Jesús a lo largo de toda su vida en esta tierra, inspirando su predicación y enseñanza, así como sus actos de bondad y amor. Es el Espíritu de Dios que acompaña a Jesús en su camino al Gólgota y actúa como testigo de la pasión y muerte humillante de Jesús en la cruz. Es el Espíritu de Dios quien permanece con Jesús en la muerte y en la sepultura, demostrando un amor inquebrantable por el amado Hijo unigénito, que da su vida por amor para que el mundo pueda reconciliarse con Dios. Y es el Espíritu de Dios que resucitó de entre los muertos al Hijo a una nueva vida (Rm 8,11).

El Espíritu Santo, presente en todos los momentos de la vida de Jesús, desde el nacimiento hasta la muerte y la resurrección, también está presente hoy en nuestro mundo. La resurrección es el signo definitivo de la fidelidad de Dios al Hijo, a cada uno de nosotros y a toda la creación. Hoy más que nunca necesitamos escuchar este Mensaje: Dios nos ama, camina con nosotros, sana nuestras heridas, nos invita a vivir reconciliados con todos y nos llama a ser mensajeros del amor, la misericordia y la paz.

El Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, continúa cumpliendo la obra del Padre y del Hijo, recordándonos que la división, la violencia, el odio, la destrucción y la muerte no tienen la última palabra y no son los últimos triunfadores. En la resurrección de Jesús recibimos la confirmación definitiva de que el amor y solamente el amor es el vencedor supremo, así como la vocación última a la que todos estamos llamados. Esto lo he podido tocar con mis propias manos en estos últimos días gracias al testimonio de la vida de nuestros hermanos y hermanas en Damasco, Alepo y Latakia, en Siria. Incluso en medio de la muerte y la destrucción devastadora, de los cristianos de Siria, que han perdido sus seres queridos, sus hogares y todos los medios de sustento, y que se niegan a ceder a la tentación de abandonar a Dios, la fe y el compromiso de participar en el camino de reconciliación y reconstrucción. Al igual que María Magdalena, también ellos se encuentran fuera del sepulcro en busca de un sentido a lo que parece que no tiene lógica racional humana. A pesar de que también ellos corren con los demás fieles, es decir, hacia la comunidad, donde pueden compartir no solo su propia historia de desánimo y desesperación sino también la esperanza y el amor; junto con la comunidad pueden redescubrir la Eucaristía, como les sucedió a los dos discípulos de Emaús, la presencia del Señor Jesús resucitado nunca los abandona, y nunca abandona a ninguno de los que han aceptado la llamada a vivir en relación con Él.

Queridos hermanos y amigos, aceptemos de corazón el mensaje de la Secuencia de Pascua, Victimae paschali laudes:

«Entonemos alabanzas a la Víctima Pascual,
Él nos ha redimido cual cordero inocente.
Cristo inocente reconcilió a los pecadores con el Padre.
Muerte y Vida se enfrentaron en lucha admirable:
El Señor de la Vida, muerto, Reina vivo.
Dinos, María: ¿Qué has visto en el camino?
Vi los soldados huidos, y a Jesucristo glorioso y vivo.
Vi el sepulcro de Cristo viviente y la gloria del que resucitó,
Junto dos ángeles testigos, el sudario y los vestidos.
Resucitó Cristo, mi esperanza y precederá en Galilea a los suyos.
Sabemos que Jesucristo verdaderamente resucitó.
Tú, Rey victorioso, ten piedad de nosotros.
Amén. Aleluya».

¡El Señor verdaderamente Resucitó! Su amor y su misericordia han vencido para siempre!

¡Que el Señor les conceda celebrar una gozosa Pascua: felicidades a todos!

Fraternamente

Fr. Michael A. Perry, OFM
Ministro general y Siervo