Desvelando a Mateo: invención, dimensión y escenario

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Las últimas investigaciones sobre la figura del Maestro Mateo y su obra han ahondado en la naturaleza profesional del artista y en la sofisticación de sus creaciones.

Una firma en los dinteles del Pórtico de la Gloria trazada en 1188, unida a la noticia de una pensión semanal vitalicia concedida a nuestro protagonista por el rey leonés Fernando II veinte años atrás, apuntalaron la creación de una figura de perfiles legendarios en torno a la personalidad de Mateo. El privilegio real le confió la culminación material de la catedral de Santiago de Compostela, garantizando su continuidad al frente de la fábrica. Con su incorporación a las obras catedralicias en esta fase crucial, Mateo se había sumado a una ilustre genealogía de maestros excepcionalmente documentada.

En efecto, en un panorama en el que el anonimato es la tónica dominante, la catedral compostelana es pródiga en nombres de artífices. El “admirable maestro” Bernardo el viejo, su colega Roberto o el afamado Esteban algunos años después, habían encabezado a los canteros responsables del alzado y ornamentación del templo en sus primeras campañas.

La caracterización profesional de los artistas y la definición del concepto de autoría en estas épocas resulta una tarea ardua, pocas veces avalada por una documentación suficientemente expresiva. Durante algún tiempo, la consideración de Maestro Mateo enfatizó de forma preferente su faceta de escultor. Actualmente, su dimensión como artífice se valora desde parámetros más amplios; los correspondientes a un director de obras, dotado de conocimientos arquitectónicos, de la sensibilidad plástica propia del medio escultórico, y de la capacidad de proyectar una intervención del calado del cierre occidental de la catedral –y otras actuaciones en el conjunto del templo–, secundado, para ello, por un equipo bajo su supervisión. Esta reconsideración hacia perfiles profesionales más amplios, en los que despunta la cualidad de arquitecto y maestro de obras, ha afectado a otros nombres que en algún momento también fueron valorados prioritariamente como creadores escultóricos. Tal restricción impide comprender adecuadamente la obra mateana, en la que los espacios y las presencias figurativas se articulan magistralmente conforme a una concepción unitaria.

Si bien la complejidad teológica y la dimensión litúrgica del Pórtico de la Gloria han ocupado las reflexiones de numerosos estudiosos que también han estimado la calidad escultórica del conjunto, las investigaciones más recientes y los análisis técnicos que sustentan su restauración nos hacen ver la obra con nuevos ojos: los que se deslumbran ante un espacio transformado por la luz, y transformador, sin duda, del ánimo del visitante, invitado por acompañantes pétreos que presagian, atestiguan y comparten la visión de la Gloria. Un espacio habitado por figuras que cobran vida, y vivido por quienes se internan en él y lo traspasan, estimulados por la riqueza de una policromía que el laboratorio nos desvela rica en oro y lapislázuli. Estos materiales del más alto rango, dignos de una obra regia que no escatima en gastos, reverberarían al compás de cambios lumínicos favorecidos por la permeabilidad de los muros que los envolvieron, y que también desplegaron esculturas en sus accesos proyectando al exterior el espectáculo cósmico que recibía al fiel compostelano, al peregrino, o al propio monarca y su séquito. La consecución de este carácter teatral, acorde al más hábil de los escenógrafos, se acentuó gracias a la enfática corporalidad de sus actores y a la vehemencia de sus expresiones, celebradas desde antaño, que sumadas a la hondura conceptual del proyecto desafían los corsés de las tradicionales clasificaciones estilísticas.

Los logros alcanzados por Mateo y sus colaboradores evidencian el currículum internacional del artífice y su equipo, en el que se dan cita corrientes artísticas de diverso signo y alcance, y manifiestan la sofisticación intelectual del entorno en el que se gestaron sus creaciones, comunicado con los grandes centros sapienciales del momento. Así, la catedral compostelana se situó una vez más a la vanguardia artística de su generación; un papel pionero y referencial que ya había desempeñado varias décadas atrás, cuando artífices de diversa procedencia y formación convirtieron al templo apostólico en un hito internacional del románico.

  • info en el Museo del Prado:

http://www.unpaseoporelprado.elmundo.es/section/exposiciones