Entrevista a Santiago Agrelo en RD.

(Antón Gómez).- La Revista Encrucillada organizó el 22 de octubre el XXXI Foro Encrucillada, en Santiago de Compostela. Monseñor Santiago Agrelo Martínezparticipa como ponente. Su posicionamiento crítico con las políticas sobre extranjería, incluidas las vallas con concertinas en las fronteras de Ceuta y Melilla, como consecuencia de la proclamación del Evangelio en ese mundo, quedo reflejado en la ponencia que tituló “Ver para acoger”.

Ver porque, en su ponencia, comienza precisando que “el hecho es que Gobiernos y medios de comunicación -medios al servicio del poder y esclavos de ‘lo que vende’-, nos han cerrado los ojos para que, en los caminos de la emigración, no veamos a hombres, mujeres y niños, no veamos sus sufrimientos, no nos afecte su vulnerabilidad, olvidemos del todo sus días de hambre, y no nos importunen las heridas abiertas en sus cuerpos y en su espíritu.

Gobiernos y medios de comunicación se obstinan en que veamos, no a una humanidad necesitada de justicia y de futuro, sino a irregulares, a ilegales, a posibles terroristas, una amenaza para la ocupación, para la cultura, para el bienestar, incluso para la religión. Y obispos, curas, frailes y monjas, nos hacemos transmisores de ese virus que, de manera del todo inconsciente, nos lleva a no ver. ¡Terrible paradoja!: los que fuimos iluminados por Cristo, volvemos de regreso a la ceguera”.

Aprovechando su participación en este foro, le pedí unas reflexiones sobre su relación con los emigrantes y refugiados, a las que me contesta amablemente. Como punto de partida, un testimonio fotográfico en el que aparece con una pancarta rodeado de manifestantes.

Monseñor, ¿qué le trae al recuerdo esa fotografía que aparece reiteradamente en los medios? Supone un compromiso real y una actitud que, necesariamente, tiene que ser fruto de una visión de la realidad que no encaja con el poder que, justa o injustamente, se atribuye a un jerarca de la Iglesia.

He de intentar hacer memoria de aquel día: diversas organizaciones habían convocado una manifestación ante el Consulado General de España, como protesta por la muerte de quince chicos africanos, ahogados en aguas de nadie mientras intentaban entrar en territorio español.

En aquella manifestación participaban personas que eran de casa en la comunidad eclesial de Tánger, y seguramente fue alguna de ellas quien me invitó a que participase yo también. Cosa que hice de corazón y convencido de que la presencia del obispo entre los manifestantes daría peso a su protesta. Claro que no estuve allí sin preocupación, pues si se produjese alguna forma de altercado o de desmesura, en medio estaría el obispo, y de alguna manera sería responsable de ello.

La fotografía tantas veces reproducida en los medios es memoria y denuncia de los quince muertos de El Tarajal, para los cuales no ha habido justicia; la foto es memoria de que aquel día las fuerzas del orden fueron obligadas a denegar el auxilio necesario a unos chicos que se estaban ahogando; aquella foto me recuerda que, si hoy se repitiese la situación, se repetirían las opciones, sin que desde entonces haya cambiado un ápice la política española de fronteras. Aquella fotografía me recuerda sorderas y cegueras que parecen incurables.

Háblenos un poco de su llegada a la archidiócesis y su realidad social, sus gentes. ¿Qué ha aprendido de sus feligreses y que le piden o esperan de su obispo?

Antes de entrar allí como obispo, no había vivido en Marruecos. Si exceptúo dos ocasiones en que di ejercicios espirituales a los misioneros, podría decir que nunca había estado en Marruecos. Con lo cual queda dicho que no conocía la realidad social de la archidiócesis y mucho menos podría hablar de sus gentes.

Habrá que aclarar desde el principio que, en esta Iglesia, no es lo mismo hablar de sus gentes que de sus fieles.

En un territorio que es más o menos como el de Galicia, los fieles no pasan de ser unos miles si es que llegan a mil, y son todos extranjeros, y todos de paso -turistas, trabajadores de empresas extranjeras, profesores de colegios extranjeros, personal de legaciones diplomáticas, hombres y mujeres detenidos en cárceles marroquíes, y, últimos en llegar, los emigrantes que suben de África en su camino hacia Europa-, todos de paso salvo los pocos españoles que mantuvieron allí la residencia después de la independencia del país en los años cincuenta.

Otra cosa son las gentes de esta Iglesia, que son todos aquellos entre quienes vivimos, y, de modo especial, los que se acercan a nosotros en busca de auxilio.

De los fieles he admirado siempre, no sé si lo he aprendido, el compromiso con los pobres, la atención a los necesitados, la entrega a su servicio. Al llegar a Marruecos encontré una Iglesia bellísima, y sólo aspiro a que se me pegue algo de esa belleza.

De las gentes, de los musulmanes entre quienes vivimos, y de los empobrecidos que se acercan a la comunidad eclesial, aprendemos el Evangelio. Ellos lo hacen familiar en nuestras vidas. Esta Iglesia se sabe portadora de buenas noticias para los pobres. Ellos nos ayudan a parecernos a Jesús de Nazaret.

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